- China considera los procesadores Loongson un recurso estratégico y los ha usado como herramienta geopolítica, vetando y luego permitiendo su exportación a Rusia.
- Las sanciones occidentales han obligado a Rusia a buscar alternativas a Intel y AMD, recurriendo a CPU Loongson LS5000/LS6000 y adaptando su software propio como Alt OS.
- Estados Unidos ha incluido a Loongson y SMIC en listas negras, tratando de frenar el avance chino en semiconductores y limitar su cooperación tecnológica con Moscú.
- La combinación de chips Loongson y sistemas operativos rusos refuerza la soberanía tecnológica de Rusia en un escenario de fuerte confrontación global por los semiconductores.
La guerra de los semiconductores se ha convertido en uno de los frentes más calientes de la rivalidad entre grandes potencias. Rusia, ahogada por sanciones desde que invadió Ucrania, y China, presionada por Estados Unidos y sus aliados, se han visto empujadas a tejer una compleja red de cooperación tecnológica donde los procesadores Loongson juegan un papel clave.
En este contexto, la decisión de permitir o vetar la exportación de CPU Loongson a Rusia se ha usado como auténtica arma geopolítica. Pekín ha pasado de bloquear el envío de estos chips a Moscú a volver a abrir el grifo después de que Washington pusiera a Loongson en su lista negra, cambiando por completo el tablero para el ecosistema tecnológico ruso.
Loongson: la apuesta china para no depender de Intel y AMD
China lleva años desarrollando sus propios procesadores para PC, servidores y centros de datos con el objetivo de reducir su dependencia de tecnologías foráneas. En este esfuerzo, Loongson se ha consolidado como una de las pocas compañías chinas capaces de diseñar microprocesadores avanzados competitivos, tanto para uso civil como militar.
Los chips de Loongson se basan en la arquitectura MIPS, pero incorporan una microarquitectura propia denominada LoongArch, diseñada por la Academia China de Ciencias. Esto significa que China controla de arriba abajo el diseño del procesador, sus instrucciones y, sobre todo, los posibles vectores de ataque o vulnerabilidades que podría aprovechar un adversario.
Uno de los hitos más destacados ha sido el lanzamiento del Loongson 3C5000, una CPU de propósito general enfocada a servidores y grandes despliegues. A principios de año se inició su distribución a gran escala, demostrando que China no solo es capaz de producir chips sencillos, sino también procesadores de alto rendimiento que aspiran a competir en el segmento profesional.
La ventaja estratégica de Loongson reside en que, al no utilizar arquitecturas x86-64 ni ARM, ha podido esquivar durante bastante tiempo las restricciones más duras de Estados Unidos. Washington controla las licencias de estas arquitecturas y puede usarlas como palanca para presionar a empresas y países, pero con LoongArch ese margen de maniobra se reduce notablemente.
Según filtraciones y análisis de medios especializados chinos, la tercera generación de procesadores Loongson —familias 3A6600, 3B6600 y 3C6600— ofrece un rendimiento aproximado al de las CPU Intel Core de 12ª y 13ª generación en determinados escenarios, algo impensable hace unos años para un diseño desarrollado íntegramente en China.

Un componente crítico para el ejército chino… y un problema para Rusia
Para Pekín, los procesadores Loongson son mucho más que un producto comercial: se consideran un recurso estratégico de primer nivel. Se utilizan en aplicaciones militares y en sistemas donde la soberanía tecnológica y el control de la seguridad son prioritarios. Por eso el Gobierno chino ha sido especialmente celoso con la gestión de estas CPU.
En diciembre de 2022, China decidió prohibir la exportación de procesadores Loongson a Rusia, pese a que ambos países mantienen una relación estrecha tanto económica como geopolíticamente. La información salió a la luz a través del Ministerio de Desarrollo Digital ruso, que confirmó que el veto afectaba a todos los chips con microarquitectura LoongArch fabricados en China.
El argumento oficial apuntaba a la elevadísima demanda interna de estos procesadores, sobre todo por parte del complejo militar-industrial chino. Según esta explicación, Pekín necesitaba reservar la producción para sus propias fuerzas armadas y sectores críticos, reduciendo al mínimo la exportación a terceros países, incluso a socios como Rusia.
Para Moscú, esta decisión llegó en un momento especialmente delicado. Las sanciones coordinadas por Estados Unidos y la Unión Europea habían cercenado el acceso directo a los chips de Intel, AMD, NVIDIA y otros fabricantes occidentales. Aunque seguían entrando procesadores a través de canales paralelos y países intermediarios, la situación era inestable y difícil de planificar a largo plazo.
Durante meses, los procesadores Loongson fueron desapareciendo progresivamente de tiendas online y canales habituales, lo que reforzó la impresión de que el bloqueo chino era real y efectivo. Cualquier país que pensase en recurrir a estas CPU como alternativa a x86 o ARM se encontraba con la misma pared.
Estados Unidos entra en juego: Loongson entra en la lista negra

Durante buena parte de 2022 y principios de 2023, Loongson consiguió esquivar de forma relativa las sanciones estadounidenses. Sus diseños no dependían de licencias x86 o ARM, y China apostaba fuerte por consolidar una cadena de suministro propia con ayuda de fabricantes locales como SMIC.
Sin embargo, en marzo de 2023 Washington decidió incluir a Loongson en su lista negra de entidades restringidas. Esto impedía que compañías estadounidenses siguieran suministrando tecnología clave a la firma china, especialmente herramientas de software utilizadas en la fase de diseño de sus microprocesadores.
El punto débil de Loongson era precisamente la dependencia de software de diseño de origen estadounidense (EDA y herramientas asociadas). Aunque los chips estuviesen basados en una arquitectura propia, el flujo de trabajo interno seguía apoyándose en programas sujetos a la regulación de Estados Unidos, que ahora quedaban fuera de su alcance legalmente.
Además, Loongson depende de SMIC para fabricar sus procesadores. SMIC, el mayor fabricante de semiconductores de China, también se ha visto afectado por restricciones que limitan su acceso a equipos de fotolitografía avanzados procedentes de Países Bajos, Japón y Estados Unidos. Parte de esos equipos integran tecnología estadounidense, lo que complica aún más el panorama.
Pese a estas dificultades, informes como los de Fast Technology señalan que Loongson sigue mejorando sus CPU a buen ritmo. La tercera generación ya compite en determinados rangos de rendimiento con soluciones de Intel y AMD, y la cuarta generación en desarrollo podría acercarse a lo que se espera de plataformas como Intel Arrow Lake o AMD Zen 5, probablemente fabricadas por SMIC mediante litografía de 7 nm con multiple patterning.
Paradójicamente, la presión de Estados Unidos sobre Loongson y otras empresas chinas ha generado un efecto colateral inesperado: ha cambiado la forma en la que China gestiona la exportación de sus chips a Rusia, abriendo de nuevo una puerta que pocos esperaban ver tan pronto.
China levanta el veto: Rusia vuelve a comprar CPU Loongson

Con Loongson ya en el punto de mira de Washington, Pekín ha decidido flexibilizar la exportación de sus procesadores. Diversas fuentes rusas, entre ellas el diario Kommersant, han confirmado que China ha levantado de facto la prohibición que impedía vender CPU Loongson a Rusia.
Este giro ha permitido que compañías rusas como Norsi-Trans y Promobit se posicionen como los primeros grandes clientes de estos chips chinos tras el levantamiento del veto. Ambas empresas se dedican a fabricar servidores, sistemas de almacenamiento y ordenadores para distintos entornos profesionales y gubernamentales.
Norsi-Trans ya habría realizado un pedido inicial de unos 100 procesadores de la serie 5000 de Loongson. Se trata de una «toma de contacto» para validar el rendimiento, la compatibilidad y la viabilidad de estos chips en equipos rusos, pero todo apunta a que el volumen aumentará a medio plazo si las pruebas son satisfactorias.
Estos procesadores se integrarán en el registro oficial de electrónica ruso, un paso burocrático necesario para que puedan utilizarse de forma masiva en administraciones públicas, infraestructuras críticas y empresas estatales. Para Moscú, es una forma de consolidar una opción alternativa a los chips occidentales fuera de su alcance por las sanciones.
China, por su parte, usa la venta de Loongson a Rusia como una herramienta de presión geopolítica frente a Estados Unidos. Al mostrar que puede apoyar tecnológicamente a un país sancionado por Occidente, Pekín envía el mensaje de que no aceptará sin más el cerco impuesto sobre su industria de semiconductores.
Rusia entre sanciones, alternativas chinas y canales paralelos
Desde el inicio de la invasión de Ucrania, Rusia ha sufrido una cascada de sanciones económicas y tecnológicas. Las principales marcas occidentales dejaron de operar en el país, y los fabricantes de hardware como Intel, AMD, NVIDIA o Apple cortaron la venta directa de sus productos al mercado ruso.
Aunque sobre el papel Rusia no puede comprar legalmente estos chips, en la práctica ha seguido llegando hardware a través de importaciones paralelas gestionadas por intermediarios en países como China, Turquía, Emiratos Árabes o Hong Kong. Estas rutas son inestables, dependen de empresas pantalla y están constantemente vigiladas por Estados Unidos y la Unión Europea.
Organizaciones de investigación como C4ADS han documentado cómo, entre enero y mayo de 2023, más de 200 empresas rusas recibieron alrededor de 17.000 chips de Texas Instruments, por un valor de unos 25 millones de dólares, a través de compañías registradas en Hong Kong que posteriormente fueron sancionadas.
Buena parte de estos componentes tenía como destino empresas vinculadas al sector militar y de defensa. Un ejemplo es NPP Itelma, fabricante de dispositivos electrónicos para vehículos, que habría recibido chips por valor de unos 3 millones de dólares, o VMK, con pedidos de más de 2,3 millones, ambas incorporadas a listas de sanciones estadounidenses.
Si se amplía el foco a todo tipo de semiconductores, se estima que en 2023 más de 500 compañías rusas pudieron recibir chips por un valor total de unos 528 millones de dólares, un 32% más que el año anterior. Aun así, en ese flujo las aportaciones directas de gigantes como Intel son ya simbólicas, con envíos residuales de escaso importe.
En paralelo, Rusia ha intentado impulsar proyectos nacionales de CPU como las Baikal, basadas en arquitectura Arm y fabricadas con nodos de producción relativamente antiguos y poco eficientes. La falta de acceso a tecnología punta y la presión económica han llevado incluso a la quiebra a algunos de estos fabricantes, dejando al país aún más dependiente de terceros.
Loongson como tabla de salvación estratégica para Moscú
En este complejo escenario, la reapertura del suministro de CPU Loongson ofrece a Rusia una vía de escape tecnológica. Disponer de un flujo más estable de procesadores chinos permite al Kremlin planificar mejor la renovación de sus infraestructuras informáticas, sin depender tanto de canales grises difíciles de controlar.
Norsi-Trans y Promobit ven estas CPU chinas como una alternativa viable a Intel y AMD, al menos para determinados usos. Los procesadores Loongson LS5000 y LS6000, basados en la arquitectura LoongArch de 64 bits, están pensados para servidores, estaciones de trabajo y sistemas donde la prioridad es la soberanía tecnológica y la continuidad de suministro, más que la máxima potencia absoluta.
La gran pega de estos chips, al menos por ahora, es el ecosistema de software. La mayoría de sistemas operativos comerciales y aplicaciones empresariales importantes están optimizados para x86 o ARM, por lo que Rusia necesita adaptar sus propias plataformas para poder exprimir los Loongson al máximo.
Para salvar este obstáculo, compañías rusas como Norsi-Trans han empezado a colaborar con desarrolladores de sistemas operativos locales. Uno de los casos más relevantes es el de Basalt SPO, responsable de Alt OS, una distribución Linux adaptada a las necesidades de la administración rusa y de empresas nacionales.
Alt OS ya se ha portado a la arquitectura LoongArch, convirtiéndose en uno de los primeros sistemas rusos plenamente funcionales sobre CPU Loongson LS5000 y LS6000. Incluye aplicaciones habituales como GIMP, LibreOffice o el navegador Firefox, de modo que puede cubrir gran parte del trabajo de oficina y entorno corporativo sin depender de software extranjero.
Alt OS, Basalt SPO y el esfuerzo ruso por independizarse
La adaptación de Alt OS a las CPU Loongson no ha sido inmediata. Los ingenieros rusos han necesitado alrededor de nueve meses de trabajo para ajustar el kernel, las bibliotecas y el resto del ecosistema a la nueva arquitectura, recurriendo a técnicas de ensamblaje y portado intensivo (denominadas internamente «catch-up»).
Para lograrlo, se ha utilizado la rama experimental Sisyphus del repositorio del proyecto, donde se prueban cambios profundos antes de llegar a la versión estable. El objetivo es que a comienzos de 2024 exista ya una edición consolidada de Alt OS sobre LoongArch lista para ser desplegada de forma masiva en administraciones, empresas e instituciones del país.
Rusia ve este movimiento como un paso importante hacia una mayor autonomía digital. Al contar con un sistema operativo propio y procesadores suministrados por un socio relativamente alineado como China, Moscú intenta reducir su exposición a futuros bloqueos o sanciones adicionales sobre tecnologías occidentales.
Este impulso a la soberanía tecnológica no se limita solo a PC y servidores. El gobierno ruso lleva años promoviendo sus propios sistemas operativos para ordenadores y smartphones, así como versiones locales de aplicaciones populares (mensajería, redes sociales, servicios en la nube) que repliquen las funciones de plataformas extranjeras pero bajo control nacional.
También se han establecido fuertes restricciones al uso de determinadas plataformas digitales. El caso de Telegram es emblemático: durante un tiempo estuvo bloqueado en Rusia después de que su fundador, Pavel Durov, se negara a entregar una «llave maestra» que permitiera a las autoridades acceder a los mensajes cifrados. Este tipo de episodios refleja la voluntad del Kremlin de controlar las comunicaciones y minimizar la dependencia de infraestructuras que escapen a su influencia.
En este contexto de aislamiento tecnológico planificado desde hace años, la posibilidad de apoyarse en chips Loongson y en un sistema operativo ruso compatible encaja perfectamente con la estrategia de reducir al mínimo los puntos vulnerables que puedan explotar Estados Unidos y sus aliados.
La trayectoria de los procesadores Loongson en el tablero internacional —desde su desarrollo como alternativa propia a x86 y ARM, pasando por el veto chino a Rusia, la inclusión en la lista negra de Estados Unidos y el posterior levantamiento de la prohibición de exportarlos a Moscú— ilustra cómo los microchips se han convertido en un arma política de primer orden. Para China son un símbolo de independencia tecnológica; para Rusia, una tabla de salvación bajo sanciones; y para Estados Unidos, un objetivo a frenar antes de que se conviertan en un competidor pleno en la arena global.