Refrigeración magnética para electrónica: funcionamiento y aplicaciones

Última actualización: enero 13, 2026
Autor: Isaac
  • La refrigeración magnética se basa en el efecto magnetocalórico, usando materiales sólidos que cambian de temperatura al aplicar o retirar un campo magnético.
  • Este sistema evita gases refrigerantes contaminantes, mejora la eficiencia energética y reduce el desgaste mecánico al necesitar menos partes móviles.
  • Los materiales magnetocalóricos (tierras raras, metales de transición, aleaciones Heusler y cerámicas) se seleccionan por su rango de temperatura útil, estabilidad y coste.
  • Las aplicaciones abarcan electrónica, automoción, sector médico y climatización doméstica e industrial, con gran potencial de crecimiento futuro.

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La refrigeración magnética para electrónica se ha convertido en uno de los campos de investigación más interesantes dentro del mundo del frío y la climatización. A muchos nos suena a tecnología del futuro, pero la realidad es que su base física se conoce desde hace más de un siglo y hoy está mucho más cerca de llegar a frigoríficos, aires acondicionados y sistemas de enfriamiento de equipos electrónicos de uso cotidiano.

Frente a los compresores ruidosos, los gases de efecto invernadero y el elevado consumo eléctrico de los sistemas de refrigeración clásicos, la refrigeración magnética propone un enfoque muy distinto: usar materiales sólidos que cambian de temperatura al someterlos a un campo magnético, sin necesidad de gases contaminantes y con una eficiencia notablemente superior. Vamos a ver con calma qué es, cómo funciona, qué materiales utiliza y por qué puede ser clave para la electrónica y la climatización del futuro.

De la refrigeración tradicional a la refrigeración magnética

Para entender el salto que supone esta tecnología, conviene recordar cómo trabajan los frigoríficos y sistemas de aire acondicionado convencionales. En la mayoría de equipos actuales se emplea un ciclo de compresión de gas, muy relacionado con el conocido ciclo de Carnot, en el que un refrigerante pasa por diferentes estados físicos para mover el calor de un lugar frío a uno caliente.

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En un frigorífico clásico existe un circuito cerrado por el que circula un fluido refrigerante. Cuando el compresor entra en funcionamiento, este gas se comprime y se hace pasar por un conjunto de tubos. En el interior del aparato, el refrigerante se evapora y al hacerlo absorbe calor del interior, enfriando los alimentos. Después sale hacia la parte posterior del frigorífico, donde se condensa en el serpentín y cede calor al ambiente, razón por la que la parte trasera suele estar caliente al tacto.

Este esquema tiene décadas de historia y funciona bien, pero arrastra varios problemas: los refrigerantes empleados pueden dañar la capa de ozono o contribuir al efecto invernadero, el compresor es voluminoso y ruidoso, y el consumo energético es elevado porque el sistema debe trabajar de forma casi continua, especialmente en el caso de los frigoríficos domésticos que están encendidos 24/7.

Ante este panorama, investigadores y empresas llevan tiempo buscando alternativas más limpias y eficientes. Una de las más prometedoras es la refrigeración magnética, que persigue eliminar de la ecuación tanto los gases refrigerantes como buena parte de las partes móviles, apoyándose en fenómenos físicos diferentes a los del ciclo de compresión tradicional.

La idea de usar el magnetismo para enfriar no es reciente. Ya a principios del siglo XX, los físicos suizos P. Weiss y A. Piccard observaron que ciertos materiales podían cambiar de temperatura al ser sometidos a un campo magnético. En aquel momento el hallazgo tuvo escasa aplicación práctica, pero sentó la base de lo que hoy conocemos como efecto magnetocalórico, núcleo de la refrigeración magnética moderna.

Qué es la refrigeración magnética y el efecto magnetocalórico

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La refrigeración magnética es una tecnología de enfriamiento que se basa en el llamado efecto magnetocalórico. Este efecto es una propiedad de ciertos materiales magnéticos por la cual, al aplicarse sobre ellos un campo magnético externo, su estructura interna cambia y su temperatura varía de manera controlada.

En términos sencillos, cuando un material magnetocalórico se somete a un campo magnético, sus dominios magnéticos tienden a alinearse con ese campo. En un proceso idealmente adiabático, esta ordenación interna reduce la entropía magnética y se traduce en un ligero aumento de temperatura del material. Al retirar el campo magnético, el sistema vuelve a un estado más desordenado, la entropía aumenta y el material se enfría de forma brusca, pudiendo absorber calor del entorno.

Este ciclo repetido de magnetización y desmagnetización permite bombear calor desde un volumen frío hacia uno caliente, igual que hace un frigorífico clásico, pero sin necesidad de compresores voluminosos ni gases refrigerantes. El proceso, desde el punto de vista termodinámico, es relativamente sencillo y puede ser muy eficiente si se eligen correctamente los materiales y se optimiza el diseño del sistema.

Durante muchos años el principal uso de este efecto se limitó a la obtención de temperaturas muy bajas en laboratorios mediante refrigeración magnetocalórica adiabática, a menudo con materiales superconductores que exigían ellos mismos una precooling muy costosa. En entornos cotidianos no era viable, porque los descensos de temperatura logrados en condiciones normales eran modestos y los materiales resultaban caros y complicados de manejar.

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El panorama empezó a cambiar cuando empresas como General Electric (GE) desarrollaron nuevas aleaciones, por ejemplo a base de níquel y manganeso, capaces de ofrecer un efecto magnetocalórico significativo a temperaturas cercanas a la ambiente. Esto abrió la puerta a prototipos de frigoríficos magnéticos domésticos, funcionando mediante múltiples etapas de enfriamiento en las que cada fase reduce la temperatura un poco más.

Cómo funciona el ciclo termomagnético paso a paso

Dentro de la refrigeración magnética para electrónica y climatización, una forma habitual de describir el proceso es mediante el llamado ciclo termomagnético. Aunque cada laboratorio o fabricante aplica matices distintos, la idea general se puede dividir en cuatro pasos fundamentales, basados en magnetización y desmagnetización cíclicas.

En primer lugar, se realiza la magnetización adiabática. El material magnetocalórico se coloca en una región aislada térmicamente y se le aplica un campo magnético creciente. Conforme el campo aumenta, los dipolos magnéticos internos se alinean y el material pierde entropía magnética. Esta ordenación se traduce en un aumento de temperatura del propio material, que pasa a estar más caliente que el entorno inmediato.

En el segundo paso se produce la cesión o transferencia de calor. Aprovechando que el material está más caliente, se pone en contacto con un foco térmico al que se desea evacuar calor, el equivalente al exterior de un frigorífico o al circuito de disipación de un sistema electrónico. Técnicamente se habla de una transferencia de entropía iso-magnética: el material cede calor al foco caliente mientras el campo se mantiene constante o se ajusta de forma controlada.

Tras esta etapa, llega la desmagnetización adiabática. El campo magnético se reduce o se elimina, haciendo que los dominios vuelvan a un estado menos ordenado. Este aumento de entropía magnética implica que el material reduce su temperatura de forma notable, pasando a estar más frío que el medio que se pretende enfriar, ya sea el interior de un aparato de climatización o el compartimento de un dispositivo electrónico.

Finalmente se produce la absorción de calor del entorno frío. De nuevo en un proceso de transferencia iso-magnética, ahora el material magnetocalórico en su estado frío se pone en contacto con el espacio que queremos refrigerar. Como su temperatura es inferior, absorbe calor de ese entorno, enfriándolo. Una vez se ha calentado, el ciclo puede volver a empezar aplicando de nuevo el campo magnético y repitiendo los cuatro pasos.

Al encadenar este proceso rápidamente y con una arquitectura adecuada de intercambiadores de calor y bombas de fluido (ya sea líquido o gas inerte que transporte la energía), se consigue un sistema de refrigeración que puede alcanzar descensos de decenas de grados respecto a la temperatura ambiente. En el caso del prototipo de GE, se habla de reducciones en torno a 80 grados Fahrenheit (unos 44,4 ºC) y se espera llegar a 100 grados Fahrenheit (unos 55 ºC) con mejoras futuras.

Levitación magnética y reducción de fricción en compresores

Cuando se habla de magnetismo aplicado a la refrigeración, no todo se limita al efecto magnetocalórico. Existe otra línea de desarrollo que también impacta en la eficiencia: la levitación magnética en compresores, utilizada para minimizar la fricción mecánica y reducir la necesidad de aceite lubricante en máquinas frigoríficas.

En los compresores tradicionales, el eje de impulsión y las piezas móviles requieren grandes cantidades de aceite para evitar el desgaste. Parte de ese aceite acaba circulando con el refrigerante hasta el evaporador, lo que provoca pérdidas de rendimiento considerables. De hecho, se estima que estas máquinas pueden trabajar con una merma de rendimiento en torno al 20-21 % respecto a sistemas con levitación magnética.

La levitación magnética emplea un sistema de imanes y rodamientos magnéticos que permiten que el eje del compresor quede literalmente suspendido sin contacto físico directo entre las partes móviles. Se mantiene siempre un pequeño espacio entre las superficies metálicas, lo que elimina prácticamente la fricción y, por tanto, reduce drásticamente la necesidad de aceite lubricante.

Gracias a esta tecnología se logra un movimiento casi sin desgaste mecánico, lo que disminuye notablemente el riesgo de averías. Además, suelen integrarse sistemas electrónicos avanzados que controlan la velocidad del compresor, reduciendo la corriente de arranque y adaptando de forma automática la potencia a las necesidades de frío en cada momento, algo especialmente ventajoso en aplicaciones con carga parcial variable.

Es importante remarcar que, aun con levitación magnética, estos equipos siguen utilizando un ciclo de refrigeración por gas. Simplemente lo hacen de forma más eficiente y con menos desgaste. Para minimizar el impacto ambiental, se buscan refrigerantes alternativos como el CO₂ (dióxido de carbono), que se está utilizando en algunas máquinas de este tipo debido a su menor potencial de calentamiento global en comparación con otros gases sintéticos tradicionales.

Materiales magnetocalóricos: tipos y criterios de selección

El corazón de cualquier sistema de refrigeración magnética reside en los materiales magnetocalóricos. No todos los materiales magnéticos sirven; es necesario que presenten un cambio de temperatura significativo al variar el campo magnético, y que ese efecto se produzca en el rango de temperaturas de trabajo deseado.

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Una primera gran familia está formada por las aleaciones basadas en tierras raras, como el gadolinio y compuestos del tipo gadolinio-silicio-germanio. El gadolinio es especialmente conocido porque exhibe un fuerte efecto magnetocalórico cerca de la temperatura ambiente, lo que lo convierte en un candidato idóneo para prototipos de refrigeradores de pequeña escala y sistemas experimentales.

Otra categoría relevante son los compuestos basados en metales de transición, como determinadas aleaciones de hierro, manganeso, fósforo o arsénico, y materiales a base de hierro, silicio y lantano. Estos compuestos han atraído mucho interés porque suelen ofrecer el efecto magnetocalórico en rangos de temperatura más amplios y con materiales más asequibles y abundantes que algunas tierras raras, lo que resulta clave para un despliegue industrial masivo.

También destacan las aleaciones Heusler y otros materiales emergentes con estructuras cristalinas muy específicas. Estas aleaciones, compuestas normalmente por tres o más elementos, han mostrado resultados prometedores en términos de estabilidad, durabilidad y repetibilidad al soportar miles de ciclos de magnetización y desmagnetización sin degradarse de forma significativa.

No se puede olvidar el papel de los materiales cerámicos y basados en óxidos, que aunque suelen presentar un efecto magnetocalórico más moderado, aportan una elevada estabilidad química, resistencia a la corrosión y buen comportamiento en entornos agresivos o de alta humedad. El principal inconveniente de muchas cerámicas es su fragilidad, pero se están desarrollando técnicas de procesado y formas de integración que mitigan en buena medida este problema.

A la hora de escoger un material para un sistema concreto, los ingenieros tienen en cuenta varios criterios: la magnitud del efecto magnetocalórico, el intervalo de temperatura útil, la estabilidad frente a ciclos térmicos repetidos, el coste de producción, la facilidad de procesado, la toxicidad y la reciclabilidad. El gadolinio ha sido muy estudiado y ofrece garantías, pero su precio y disponibilidad impulsan la investigación en alternativas basadas en metales de transición y aleaciones más económicas.

Rendimiento y eficiencia de la refrigeración magnética

Uno de los mayores atractivos de la refrigeración magnética es su potencial de eficiencia energética. En comparación con los mejores sistemas de compresión de gas actuales, algunos prototipos de enfriamiento magnético han logrado mejoras del orden del 20-30 % en eficiencia, lo que se traduce en un consumo eléctrico menor para proporcionar el mismo nivel de frío.

Esta ventaja se explica, en parte, porque el proceso de calentamiento y enfriamiento en el material magnetocalórico es termodinámicamente reversible en gran medida, a diferencia de lo que ocurre en un ciclo de refrigeración por gas donde existen pérdidas importantes por fricción, estrangulamiento y otras irreversibilidades. Menos pérdidas implican un aprovechamiento superior de la energía eléctrica que se introduce en el sistema para generar el campo magnético.

Estudios de casos en distintos sectores indican que, en aplicaciones reales, la refrigeración magnética puede lograr reducciones de consumo energético en torno al 10-20 % frente a equipos convencionales, manteniendo el mismo nivel de servicio. Además, al haber menos partes móviles y menos componentes sometidos a desgaste, se espera que los costes de mantenimiento sean más bajos a lo largo de la vida útil del equipo.

Otro punto fuerte es la fiabilidad a largo plazo. Los ensayos en plantas piloto y pruebas de campo durante años muestran un comportamiento muy estable de muchos materiales magnetocalóricos, siempre que se integren adecuadamente en el diseño y se protejan frente a oxidación o corrosión cuando sea necesario. Todo ello apunta a una tecnología capaz de ofrecer equipos duraderos con menos averías mecánicas.

Hay que tener en cuenta, no obstante, que en el estado actual de la tecnología algunos componentes clave —como ciertos imanes permanentes de alta intensidad o electroimanes superconductores— siguen siendo costosos y complejos. Esto repercute en el precio final de los prototipos y hace que, por ahora, todavía no veamos en el mercado masivo electrodomésticos basados únicamente en refrigeración magnética, aunque la tendencia apunta a una reducción gradual de costes.

Beneficios medioambientales y reciclabilidad

Los sistemas de refrigeración tradicionales presentan dos grandes inconvenientes desde el punto de vista ambiental: utilizan gases refrigerantes con potencial de calentamiento global y requieren mucha energía eléctrica, que en muchos países procede de fuentes fósiles. La refrigeración magnética se plantea como una alternativa más respetuosa con el entorno por varias razones.

En primer lugar, el componente principal que se encarga de absorber y ceder calor es un material sólido, no un gas. Esto significa que se puede aislar y confinar con mucha más facilidad, evitando fugas al medio ambiente. Los materiales empleados suelen ser de baja toxicidad, y cuando el equipo llega al final de su vida útil, pueden reciclarse y reutilizarse para otras aplicaciones tecnológicas.

En segundo lugar, la mayor eficiencia energética de estos sistemas implica que se requiere menos electricidad para proporcionar el mismo confort térmico. Si a esto se suma el uso de fuentes de energía renovables —por ejemplo, sistemas de climatización magnética alimentados por placas solares— el impacto ambiental total se reduce de forma muy notable, ayudando a disminuir las emisiones de CO₂ asociadas al consumo eléctrico.

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Otro punto interesante es la facilidad de reciclaje de los equipos de climatización magnética. Como los componentes principales (imanes, estructuras metálicas, materiales magnetocalóricos) son sólidos y fácilmente separables, su índice de recuperación y reutilización es muy elevado, incluso superior al de tecnologías como las placas solares fotovoltaicas en algunos casos documentados.

A nivel global, la transición desde gases refrigerantes dañinos hacia sistemas basados en materiales sólidos y campos magnéticos podría suponer un salto importante en la lucha contra el calentamiento global y la destrucción de la capa de ozono. De hecho, la legislación internacional y las restricciones sobre ciertos refrigerantes están empujando de manera indirecta la inversión en alternativas como esta.

Aplicaciones de la refrigeración magnética en electrónica y otros sectores

Aunque todavía estamos en una fase de desarrollo y pruebas, las aplicaciones potenciales de la refrigeración magnética abarcan un amplio abanico de sectores. Allí donde el control térmico, la eficiencia energética y la reducción del ruido son fundamentales, esta tecnología tiene mucho que aportar.

En el ámbito de la electrónica y la informática, la gestión térmica es un reto clave. Procesadores, chips de alta densidad, servidores y dispositivos de potencia necesitan sistemas de refrigeración eficientes para mantener temperaturas seguras. La refrigeración magnética podría integrarse en sistemas de enfriamiento de precisión, proporcionando un control muy ajustado de la temperatura sin vibraciones ni ruidos propios de ventiladores o compresores.

En el sector médico, la refrigeración magnética puede utilizarse en pequeñas cámaras frías para conservación de muestras, medicamentos sensibles o componentes de equipos de diagnóstico. Asociada a tecnologías como la resonancia magnética (MRI), que ya emplea campos magnéticos intensos, podría desplegarse en soluciones de gestión térmica compactas y de menor impacto ambiental.

La industria del automóvil también está explorando esta tecnología para la gestión térmica de baterías en vehículos eléctricos. Mantener las baterías dentro de un rango de temperatura óptimo mejora tanto su rendimiento como su vida útil. Pruebas iniciales apuntan a que la refrigeración magnética podría ofrecer un enfriamiento más eficiente y silencioso que los sistemas tradicionales, lo que encaja muy bien con el enfoque sostenible de la movilidad eléctrica.

A nivel doméstico y comercial, las aplicaciones abarcan desde frigoríficos y congeladores hasta equipos de aire acondicionado y bombas de calor. Prototipos desarrollados por compañías como GE ya han demostrado que se puede obtener un nivel de frío suficiente para uso doméstico con esta tecnología, con la ventaja adicional de una reducción considerable del ruido y una mejora tangible en la eficiencia energética.

Ventajas, desventajas y perspectivas de futuro

Si ponemos en una balanza los pros y los contras de la refrigeración magnética, la parte positiva resulta bastante atractiva. Por un lado, se trata de una tecnología más ecológica, ya que elimina o reduce drásticamente el uso de gases refrigerantes problemáticos. Por otro, ofrece un potencial de eficiencia entre un 20 y un 30 % superior a muchos sistemas de compresión de gas actuales, algo que a medio plazo supone un ahorro notable en la factura eléctrica.

Además, el hecho de que el sistema se base mayoritariamente en campos magnéticos y materiales sólidos implica una reducción del número de partes móviles. Menos piezas en movimiento significa menos fricción, menor desgaste y, por tanto, una vida útil potencialmente más larga que la de los equipos de climatización convencionales. A esto se suma un mantenimiento menos complejo y un funcionamiento muy silencioso, dos puntos muy valorados tanto en entornos domésticos como profesionales.

Entre los inconvenientes actuales, uno de los más evidentes es el coste de los componentes clave. Para generar los campos magnéticos necesarios se recurren a imanes permanentes de altas prestaciones o a electroimanes sofisticados, en ocasiones superconductores, cuyo precio sigue siendo elevado. Esto encarece los prototipos y retrasa su llegada a gran escala al mercado de consumo.

Otro aspecto a considerar es que, en algunos diseños, los intervalos de temperatura alcanzables todavía son más limitados que los de ciertos sistemas de compresión de gas de alta potencia. Aunque se han logrado descensos térmicos muy respetables, la tecnología sigue en proceso de optimización para ampliar el rango de operación sin disparar los costes.

A pesar de estos retos, el avance en campos como los superconductores, los imanes permanentes avanzados y las nuevas aleaciones magnetocalóricas hace pensar que la refrigeración magnética se volverá cada vez más competitiva y asequible. Muchos expertos apuntan a que podría convertirse en una de las tecnologías de referencia para la refrigeración y la climatización durante las próximas décadas.

De forma global, la refrigeración magnética se perfila como una solución con gran recorrido tecnológico y comercial: reduce el impacto ambiental, mejora la eficiencia energética, simplifica el mantenimiento y ofrece un funcionamiento silencioso y fiable. A medida que los costes de los materiales se desplomen y se consoliden estándares de diseño, será cada vez más habitual encontrarla integrada en electrónica de alto rendimiento, vehículos eléctricos y equipos de climatización domésticos e industriales.