- La refrigeración por cambio de fase permite temperaturas muy bajas y sostenidas mediante el uso de refrigerantes de bajo punto de ebullición en circuitos cerrados similares a una nevera.
- Los montajes pueden ser comerciales o DIY, incluyendo variantes como waterchillers y soluciones híbridas con inmersión, pero exigen un aislamiento cuidadoso y asumen ruido y costes elevados.
- La refrigeración por inmersión monofásica y bifásica en líquidos dieléctricos ofrece gran eficiencia y densidad para centros de datos, aunque plantea retos de aprendizaje, mantenimiento y dependencia de proveedores.
- Elementos como la pasta térmica, la gestión del ruido y el control del consumo siguen siendo críticos en cualquier solución, desde sistemas domésticos hasta infraestructuras industriales.

Cuando se habla de montaje de refrigeración por fase se entra de lleno en un terreno que mezcla física, bricolaje avanzado y pura obsesión por exprimir el hardware. No es un sistema pensado para todo el mundo, pero quienes lo prueban saben que no hay nada igual para mantener overclocks extremos funcionando de manera estable durante horas y horas.
Este tipo de montaje comparte principios con las neveras domésticas y los aires acondicionados, pero adaptados al mundo del PC, de la electrónica de potencia o de la refrigeración industrial de cuadros eléctricos. El cambio de fase, la inmersión en fluidos dieléctricos y los intercambiadores de calor son distintas caras de una misma moneda: gestionar el calor de forma eficiente, fiable y, cada vez más, sostenible.
Qué es la refrigeración por cambio de fase y por qué interesa tanto
La base de la refrigeración por cambio de fase es un principio de termodinámica muy sencillo: cada vez que un fluido pasa de sólido a líquido o de líquido a gas (o al revés), absorbe o libera una gran cantidad de energía en forma de calor. Esa energía se conoce como calor latente, y es mucho mayor que la que se intercambia simplemente subiendo o bajando la temperatura sin cambiar de estado.
Un ejemplo clásico es el agua pasando de hielo a líquido: para fundirse necesita absorber calor del entorno, aunque su temperatura se mantenga en torno a 0 ºC mientras dura el cambio de fase. Algo parecido ocurre cuando hierve y se transforma en vapor; el fluido se lleva consigo una cantidad importante de calor sin que la temperatura suba de forma escandalosa, justo lo que interesa en refrigeración.
En un sistema de PC o en un montaje de laboratorio no se utiliza agua, sino refrigerantes con puntos de ebullición muy bajos. Gracias a ello pueden evaporarse a temperaturas por debajo de cero o cercanas a la ambiente, absorbiendo gran cantidad de calor del procesador, la GPU o el componente que queramos mantener a raya. Este mismo concepto se aprovecha también en intercambiadores de calor industriales para cuadros eléctricos u otras instalaciones sensibles.
La gran ventaja frente a soluciones como el nitrógeno líquido es que en un circuito de cambio de fase el refrigerante circula en bucle cerrado. No hay que estar rellenando un pote a cada minuto ni preocuparse por el consumo del LN2, sino que el equipo funciona de manera continua durante sesiones largas de overclock o de carga sostenida en entornos profesionales.
Componentes básicos de un montaje de refrigeración por fase
Todo sistema de cambio de fase para informática o aplicaciones similares se parece mucho, en estructura, a una mini nevera orientada al hardware. Los elementos clave son siempre los mismos, aunque cambien tamaños, potencias o calidades de los materiales.
En primer lugar está la placa fría o cabeza evaporadora, la pieza que se acopla directamente sobre la CPU o el componente caliente. Dentro de ese bloque es donde el refrigerante pasa de líquido a gas, absorbiendo el calor del chip y generando las famosas temperaturas por debajo de cero si el conjunto está bien dimensionado.
Desde la placa fría, el refrigerante sale en forma de vapor cargado de energía térmica y se dirige hacia el condensador. Este elemento, acompañado normalmente de un ventilador, se encarga de enfriar de nuevo el gas hasta devolverlo a estado líquido. Para ello se aprovecha un radiador con buena superficie de intercambio y un flujo de aire constante.
El líquido ya condensado pasa entonces por el compresor. En esta parte del circuito se incrementa de forma notable la presión del refrigerante, lo que también eleva su temperatura. Por esa razón, en muchos sistemas el tubo que sale del compresor está bastante caliente al tacto, y necesita atravesar otra sección de radiador para perder el calor sobrante antes de seguir el ciclo.
Finalmente, tras un elemento de expansión que reduce la presión, el refrigerante vuelve a la placa fría en condiciones ideales para evaporarse de nuevo con facilidad. De esta manera, el ciclo se repite de forma constante: evaporación en el bloque sobre el chip, compresión, condensación y expansión. Todo ello dentro de una unidad normalmente compacta, que en los montajes comerciales se suele colocar bajo la torre del PC.
Unidades comerciales y proyectos caseros
Durante años se han vendido unidades de cambio de fase pre montadas pensadas para colocar debajo de cajas estándar. El usuario sólo tenía que encargarse de fijar la cabeza evaporadora sobre el procesador, aplicar bien la pasta térmica y aislar con cuidado la zona para evitar problemas de condensación. El resto llegaba listo para enchufar.
No obstante, hay una comunidad bastante grande de entusiastas que prefiere montarse su propio sistema reciclando compresores de nevera o de aire acondicionado. En estos proyectos DIY se diseñan evaporadores a medida, se sueldan los tubos de cobre, se instalan válvulas de servicio y se carga el circuito con el refrigerante adecuado. Es un terreno apasionante, pero que exige herramientas y conocimientos serios.
Un ejemplo muy habitual en foros especializados es plantear un waterchiller por cambio de fase: en lugar de refrigerar directamente la CPU con un evaporador sobre el IHS, se construye una espiral de tubo (evaporador) sumergida en un depósito de agua con anticongelante. Ese líquido, reforzado con glicol, puede mantenerse por debajo de 0 ºC sin congelarse, enfriando a la vez CPU, GPU y chipset mediante bloques de agua convencionales.
En estos montajes, que suelen contar con depósitos de varios litros, es frecuente integrar algún tipo de control de temperatura con relés para cortar el compresor al acercarse a un valor prefijado. Así se evita bajar a temperaturas demasiado agresivas o consumir más energía de la necesaria. Eso sí, el coste en herramientas (soplete, cortatubos, manómetros, refrigerante, etc.) no es precisamente bajo.
Muchos aficionados se encuentran ante la disyuntiva de invertir en este tipo de sistema extremo o destinar ese presupuesto a otras aficiones, como puede ser tunear el coche. La realidad es que un buen montaje de cambio de fase, sumando mano de obra, puede salir fácilmente por el precio de un PC completo de gama media.
Refrigeración por cambio de fase eco‑amigable en intercambiadores de calor
Más allá del mundo del overclock, el enfriamiento por cambio de fase se utiliza de forma muy eficiente en intercambiadores de calor para gabinetes eléctricos e instalaciones industriales y en soluciones de refrigeración magnética para electrónica. En estos casos, el objetivo no es batir récords de frecuencia sino proteger componentes sensibles del calor y reducir el consumo energético frente a sistemas tradicionales como el aire acondicionado.
La clave está en aprovechar el calor latente de vaporización de ciertos fluidos, que pasan de líquido a vapor cuando absorben calor del interior del armario eléctrico. Durante este proceso, el aumento de temperatura dentro del recinto es mínimo, porque gran parte de la energía va a parar al cambio de fase del fluido, no a calentar el aire de forma directa.
Una vez el líquido se ha transformado en vapor, se vuelve menos denso y asciende por convección natural hacia la parte fría del intercambiador, donde se dispone de una zona de disipación. Allí el gas cede calor al exterior, se condensa de nuevo a estado líquido y regresa por gravedad hacia la fuente de calor, cerrando así un ciclo completamente pasivo o casi pasivo.
Comparado con un sistema de aire acondicionado clásico, el fluido refrigerante no abandona en ningún momento el interior del intercambiador. No hace falta recargarlo periódicamente con gases como el freón, ni se depende de compresores complicados o de equipos con mucho mantenimiento. Eso reduce tanto las averías como el tiempo que el personal técnico dedica a estas tareas.
En la práctica, estos intercambiadores permiten una refrigeración continua, muy fiable y con una eficiencia energética notable, lo que los convierte en una alternativa sólida para armarios eléctricos y aplicaciones similares donde un fallo térmico puede terminar siendo bastante caro.
Ventajas y desventajas de la refrigeración por cambio de fase
Si nos centramos en su uso para PCs, la gran ventaja es obvia: con un buen sistema de cambio de fase se logran temperaturas extremadamente bajas, incluso muy por debajo de cero, que se pueden mantener de manera sostenida durante largos periodos. Esto abre la puerta a overclocks muy agresivos que serían imposibles con aire o líquida convencional.
Frente al nitrógeno líquido, el cambio de fase gana en comodidad. El nitrógeno permite temperaturas aún más extremas, pero sólo durante sesiones cortas y con la obligación de rellenar el pote constantemente. El circuito cerrado de un equipo de cambio de fase, en cambio, funciona de manera continua mientras el compresor esté encendido, sin depender de consumibles externos.
Otra ventaja de muchas unidades modernas es que todo el sistema va encerrado en una carcasa, a modo de módulo independiente, lo que hace más sencillo el montaje y el mantenimiento. El usuario se preocupa principalmente por fijar bien la cabeza evaporadora, sellar contra la condensación y poco más.
En el lado negativo, estos sistemas no son precisamente silenciosos. La presencia de un compresor y de uno o varios ventiladores en el radiador genera bastante ruido, muy por encima de lo que estamos acostumbrados en una refrigeración líquida AIO o en un buen disipador por aire. Para muchos, ese nivel de sonido es un precio demasiado alto a pagar en el día a día.
A ello hay que sumar la delicadeza de la instalación. Trabajar a temperaturas bajo cero implica condensación de humedad ambiente alrededor del socket y de otros componentes cercanos, lo que puede terminar dañando la placa base si no se hace un aislamiento cuidadoso con materiales adecuados. Un fallo en este punto puede acabar literalmente empapando la electrónica.
Por último, está el tema del coste. Un equipo comercial de cambio de fase de gama alta puede rondar cifras de más de mil euros o dólares, y un proyecto casero bien hecho tampoco sale precisamente barato si se suman herramientas, materiales y tiempo invertido. Es una inversión difícil de justificar si no se va a aprovechar realmente el margen extra de rendimiento.
Refrigeración por inmersión: otra forma de gestionar el calor
En paralelo a la refrigeración por fase directa sobre el chip, ha ganado relevancia la refrigeración por inmersión en líquidos dieléctricos, sobre todo en centros de datos y entornos de computación de alto rendimiento (HPC). Aquí el enfoque es diferente: en lugar de enfriar aire, se sumergen los equipos en un baño de fluido que no conduce la electricidad pero sí el calor.
En estos sistemas, los servidores o módulos de hardware se introducen en tanques llenos de líquidos especialmente formulados para no dañar la electrónica. La transferencia de calor es mucho más eficiente que con aire, y se eliminan por completo los ventiladores en cada servidor, así como buena parte de la infraestructura de climatización tradicional de la sala.
Refrigerar un centro de datos consume una parte enorme de la energía total, así que no es raro que la inmersión líquida y otras nuevas soluciones para enfriar datacenters se planteen como una forma de reducir tanto el consumo como la huella de carbono. En función del diseño y de la ubicación, se habla de disminuciones de emisiones de entre un 15 y un 30 %, algo nada despreciable en instalaciones de gran tamaño.
Además, al trabajar con un medio mucho más denso que el aire, el calor se evacua con rapidez, lo que ayuda a mantener temperaturas estables en los componentes y permite densidades de potencia por rack mucho mayores. Dicho de otra forma: se puede meter más potencia de cálculo en menos espacio, sin que el problema térmico se vuelva incontrolable.
Otra consecuencia interesante es que el sistema se vuelve mucho menos sensible al entorno. Como el hardware está sumergido y aislado del aire exterior, cuestiones como el polvo, la humedad elevada, la salinidad o partículas aceitosas pierden gran parte de su importancia. Esto abre la puerta a instalar centros de datos en ubicaciones que serían poco recomendables para sistemas tradicionales.
Refrigeración por inmersión monofásica y bifásica
Dentro de la inmersión líquida se distinguen dos grandes enfoques: la inmersión monofásica y la bifásica. La diferencia no está en las etapas del montaje, sino en si el fluido cambia o no de estado dentro del tanque durante el funcionamiento normal.
En la inmersión monofásica se utilizan aceites o líquidos con un punto de ebullición muy alto, de modo que no llegan a evaporarse en contacto con los componentes calientes. El fluido absorbe calor, se calienta unos grados y es necesario hacerlo circular de forma forzada hacia un intercambiador de calor, donde se enfría antes de volver al tanque.
En la inmersión bifásica, en cambio, se emplean refrigerantes (como ciertos fluorocarbonos) con puntos de ebullición más bajos. Estos hierven directamente en la superficie de los chips, absorbiendo calor durante la evaporación. El vapor generado asciende hasta una zona de condensación dentro del propio tanque, se enfría y cae de nuevo en forma de líquido, sin necesidad de bombas para mover el fluido principal.
Ambos sistemas ofrecen eficiencias muy superiores a las de un centro de datos refrigerado por aire. No obstante, las soluciones monofásicas suelen destacar por necesitar menos mantenimiento y ser más sencillas de manipular si hay que reparar o sustituir módulos, mientras que las bifásicas plantean más dudas por los fluidos utilizados y su posible impacto en la salud o en el medio ambiente.
De hecho, la preocupación por la sostenibilidad y la regulación de determinados gases está alimentando cierta incertidumbre sobre la viabilidad a largo plazo de algunos esquemas bifásicos. La tendencia es buscar líquidos más seguros y con menor potencial de calentamiento global, incluso sacrificando algo de rendimiento térmico teórico si hace falta.
Riesgos y retos de la refrigeración por inmersión
A pesar de sus ventajas, la refrigeración por inmersión no está exenta de problemas. Uno de los que más inquieta a los responsables de TI es el riesgo de fugas, especialmente en sistemas de refrigeración directa al chip donde hay circuitos de líquido cerca de placas frías y racores. Una fuga mal gestionada puede arruinar hardware muy costoso.
Otro punto delicado es la curva de aprendizaje. Pasar de un esquema de racks convencionales a una solución de inmersión implica adquirir nuevas competencias técnicas y cambiar por completo la forma de operar y mantener la infraestructura. En muchos casos será necesario contratar personal con experiencia específica o recurrir a consultores externos.
Además, el mercado de inmersión está aún en una fase relativamente temprana, con una variedad grande de soluciones y muchos fabricantes apostando por tecnologías y fluidos propios. Esto incrementa el riesgo de dependencia del proveedor (vendor lock‑in): si un fabricante deja de dar soporte o cambia de estrategia, puede resultar complicado migrar a otra plataforma sin un coste considerable.
Aun así, la combinación de eficiencia, densidad de potencia y reducción de ruido está haciendo que cada vez más proyectos de centros de datos se planteen al menos una fase piloto de refrigeración por inmersión, sobre todo cuando la energía es cara o los objetivos de sostenibilidad son exigentes.
Sistemas híbridos y nuevas soluciones de cambio de fase fáciles de montar
En los últimos años han aparecido propuestas curiosas que mezclan conceptos de refrigeración líquida AIO con circuitos de cambio de fase integrados. Uno de los ejemplos más llamativos presentado en ferias de hardware es un sistema desarrollado en colaboración con overclockers conocidos, pensado precisamente para acercar el cambio de fase al usuario medio.
La idea es sustituir la bomba de agua típica de una AIO por un pequeño circuito sellado con un fluido de bajo punto de ebullición, similar a ciertos líquidos comerciales como los de la gama Novec. El bloque que se coloca sobre la CPU actúa también como depósito del refrigerante, de modo que el líquido hierve dentro de él cuando el procesador se calienta.
Al evaporarse, el fluido se lleva consigo una gran cantidad de calor del procesador y mantiene la temperatura del chip cerca del punto de ebullición del propio refrigerante. El vapor asciende entonces por un tubo hacia un condensador situado en la parte superior del sistema, refrigerado por ventiladores estándar de 120 mm que disipan el calor al ambiente.
En este tipo de soluciones el retorno del líquido al bloque se hace únicamente por gravedad, por lo que el conjunto debe montarse en posición vertical para garantizar que el refrigerante vuelva correctamente al evaporador tras condensarse. Si el condensador no se enfría lo suficiente, el sistema pierde efectividad de forma rápida y puede llegar un momento en el que no quede líquido disponible para evaporar.
En paralelo, siguen existiendo sistemas de refrigeración por inmersión en fluidos tipo Novec que sí utilizan bombas, como en el caso de configuraciones con potencias térmicas combinadas muy altas (CPU + GPU de gama alta). Estos loops personalizados se encargan de refrigerar condensadores u otras partes del circuito de cambio de fase, garantizando que todo el calor pueda ser evacuado sin comprometer la estabilidad del conjunto.
Otros factores clave en cualquier sistema de refrigeración
Independientemente de que se utilice un montaje de cambio de fase, una inmersión líquida o un sistema por aire, hay elementos básicos que nunca se deben descuidar, empezando por la pasta térmica o silicona termoconductora que se aplica entre el chip y el disipador o bloque de refrigeración.
Este compuesto, que suele tener textura similar a una crema algo viscosa, se vende en jeringuillas o pequeños botes y sirve para rellenar las microimperfecciones de las superficies. Sin él, por muy pulido que parezca el metal, siempre quedan pequeñas bolsas de aire que empeoran el contacto y aumentan la resistencia térmica entre el chip y el disipador.
Las siliconas más avanzadas suelen ser de color gris y estar basadas en partículas de plata o incluso diamante, mientras que las blancas genéricas que se encuentran en tiendas de electrónica siguen ofreciendo un rendimiento razonable para usos menos extremos. En la práctica, la diferencia de temperatura entre una buena pasta gris y una blanca decente puede quedarse en unos pocos grados, aunque para overclock extremo cada grado cuenta.
Es fundamental aplicar sólo una capa muy fina de pasta, la justa para cubrir la superficie. Si se abusa, el material puede salirse por los lados, ensuciar componentes y, en algunos casos, incluso empeorar la transmisión de calor. Además, estas siliconas se degradan con el tiempo al perder parte de su humedad, por lo que conviene renovarlas periódicamente para mantener el rendimiento térmico.
Sin pasta térmica, la temperatura de una CPU puede dispararse fácilmente entre 5 y 10 ºC en reposo, y mucho más bajo carga intensa. Esto no sólo reduce la vida útil del procesador, sino que puede provocar fallos inestables, cuelgues o las clásicas pantallas azules por sobrecalentamiento en sistemas Windows.
Ruido y consumo: el lado menos glamuroso del enfriamiento
En cualquier diseño de refrigeración es casi inevitable recurrir a ventiladores para mover aire, ya sea sobre radiadores, condensadores o dentro de la propia caja del PC. Sus partes mecánicas y el flujo de aire generado producen ruido, algo que se vuelve evidente cuando el sistema entra en carga y las RPM se disparan.
Las placas base modernas suelen ofrecer controles de velocidad regulados por temperatura, de forma que los ventiladores sólo giran rápido cuando realmente hace falta. Aun así, tareas que exprimen el procesador o la gráfica, como juegos o aplicaciones de diseño exigentes, pueden hacer que los ventiladores trabajen cerca de su máximo, generando una cantidad de ruido nada despreciable.
Para moderar esa contaminación acústica existen varias opciones: usar ventiladores de mayor diámetro que muevan el mismo caudal a menos revoluciones, optar por modelos diseñados específicamente para ser silenciosos o recurrir a sistemas de aislamiento acústico en la caja, como paneles de espuma que atenúan parte del sonido sin obstaculizar el flujo de aire necesario.
También conviene plantearse el uso de dispositivos internos menos ruidosos: cambiar discos duros mecánicos por unidades SSD elimina tanto ruido como generación de calor; elegir fuentes de alimentación con ventiladores grandes y de calidad ayuda a bajar el tono general del sistema; e incluso sustituir unidades ópticas ruidosas por modelos más compactos típicos de portátiles puede marcar cierta diferencia.
El ruido suele ir de la mano del consumo. Un ordenador moderno puede devorar bastante energía si está encendido todo el día, y a lo largo del año esa diferencia se nota en la factura. Además, mayor consumo implica más calor a disipar, lo que obliga a recurrir a sistemas de refrigeración más potentes y, por lo general, más ruidosos.
Por eso, a la hora de elegir componentes, no está de más preguntarse para qué se va a usar el equipo. Montar una máquina sobredimensionada para tareas ligeras sólo supone gastar más, consumir más electricidad y complicar innecesariamente la refrigeración. En cambio, en estaciones de trabajo, equipos para juegos extremos o servidores, sí tiene sentido asumir consumos superiores y cuidar especialmente el diseño térmico.
En los últimos años, tanto Intel como AMD han mejorado de forma notable la relación entre rendimiento, consumo y calor generado. Procesadores como las gamas i3, i5 e i7 de Intel o las familias FX y Zen de AMD han ido ajustando este equilibrio, aunque siempre habrá modelos concretos que se calientan más y exigen soluciones de refrigeración más serias.
Queda claro que, tanto en montajes domésticos “de andar por casa” como en proyectos de cambio de fase, inmersión o intercambiadores industriales, el éxito depende de combinar buen dimensionamiento, materiales de calidad y sentido común. Un sistema sobrado pero bien planteado se amortiza en estabilidad, rendimiento y vida útil de los componentes, mientras que racanear en refrigeración suele salir caro a medio plazo.