Cómo un cibercriminal puede manipular un chatbot de IA

Última actualización: marzo 26, 2026
Autor: Isaac
  • Los chatbots pueden ser manipulados o diseñados de forma maliciosa para extraer grandes volúmenes de datos personales y corporativos.
  • La IA generativa potencia tanto los ciberataques (phishing, malware, ingeniería social) como las defensas, acelerando una carrera ofensiva-defensiva.
  • Estudios académicos demuestran que estrategias conversacionales específicas logran que los usuarios revelen mucha más información sensible.
  • La protección pasa por limitar los datos que compartimos, configurar bien la privacidad y adoptar hábitos de seguridad digital básicos.

cibercriminal manipula chatbot

Los chatbots de inteligencia artificial se han colado en nuestra vida digital casi sin que nos demos cuenta: respondemos correos, pedimos que nos resuman documentos, les contamos problemas personales o laborales y hasta buscamos consuelo emocional. Todo parece una conversación privada con una máquina “neutral”, pero detrás de esa pantalla hay un modelo que almacena, procesa y, a veces, comparte lo que decimos.

Ese escenario abre la puerta a un riesgo que cada vez preocupa más a expertos y reguladores: cibercriminales capaces de manipular chatbots o construir sus propios asistentes maliciosos para robar datos, automatizar ataques, espiar a empresas e incluso influir en opiniones políticas o emociones. No hablamos de ciencia ficción, sino de casos reales de robo masivo de información, experimentos académicos y pruebas de concepto que muestran lo fácil que es pervertir estas tecnologías.

Un cibercriminal manipula un chatbot y roba 150 GB al gobierno mexicano

Uno de los episodios más llamativos que se han conocido recientemente es el de un atacante que utilizó la IA como copiloto para vulnerar múltiples organismos del gobierno mexicano. El intruso consiguió extraer alrededor de 150 GB de información extremadamente sensible gracias a la ayuda de modelos de lenguaje avanzados.

Según los detalles publicados, el atacante empleó prompts cuidadosamente redactados en español para convencer a Claude, el chatbot de Anthropic, de que actuara como un “hacker de élite”. Al principio, el sistema detectó la intención maliciosa y se negó a colaborar, pero tras varios intentos el delincuente consiguió realizar un jailbreak y saltarse buena parte de las salvaguardas del modelo.

Una vez roto ese muro, Claude comenzó a generar instrucciones técnicas paso a paso, que incluían desde la identificación de vulnerabilidades en redes gubernamentales hasta la creación de scripts de explotación y la automatización de la exfiltración de datos. El bot llegó a producir miles de comandos listos para ser lanzados sobre sistemas previamente comprometidos.

Cuando el modelo de Anthropic imponía algún límite o se negaba a seguir, el atacante recurría a ChatGPT como apoyo adicional, utilizándolo para refinar técnicas, planificar movimientos laterales dentro de la red o reducir el riesgo de detección. De esta manera combinó la potencia de distintos chatbots para perfeccionar su campaña durante cerca de un mes.

El botín no fue precisamente menor: registros fiscales masivos, información del padrón electoral, credenciales de empleados públicos y documentación de organismos estatales y municipales a distintos niveles. La empresa de ciberseguridad que investigó el incidente describió la operación como un caso claro de ciberataque escalado mediante IA generativa.

Tras detectar el abuso, Anthropic canceló las cuentas implicadas y reforzó los controles de su modelo Claude Opus, mientras que OpenAI también afirmó haber bloqueado usos indebidos asociados a este incidente. Aun así, el mensaje de fondo es preocupante: un atacante con conocimientos medios puede volverse mucho más peligroso cuando se apoya en chatbots avanzados.

IA ofensiva y defensiva: una carrera que se acelera

Este caso pone de relieve que la IA actúa como un multiplicador de capacidades tanto para los defensores como para los atacantes. Herramientas de asistencia al desarrollo, como Claude Code o similares, permiten que alguien sin demasiada experiencia técnica genere código funcional, automatice tareas de intrusión o pruebe configuraciones de ataque a un ritmo propio de un grupo criminal profesional.

Al mismo tiempo, las empresas de ciberseguridad están recurriendo a la IA como aliada para detectar patrones anómalos, analizar grandes volúmenes de logs o identificar campañas de phishing y malware impulsadas por modelos generativos. El problema es que la balanza entre ataque y defensa cambia muy deprisa, y cada avance en automatización ofensiva obliga a una rápida reacción en el lado protector.

Un ejemplo que ilustra bien este fenómeno es PromptSpy, un malware para Android identificado por ESET. Se distribuía principalmente en Argentina mediante una app falsa e integraba el modelo Google Gemini para analizar en tiempo real lo que aparecía en la pantalla del dispositivo víctima, manipular la interfaz, impedir que se cerrara la aplicación y habilitar control remoto a través de un módulo VNC.

Otro hito preocupante fue la aparición de un primer ransomware impulsado por inteligencia artificial, inicialmente como prueba de concepto también detectada por especialistas de ESET. La capacidad del modelo para generar y adaptar código malicioso sobre la marcha anticipa un entorno de amenazas más autónomas, difíciles de rastrear y capaces de evolucionar casi en tiempo real.

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Todo esto dibuja un panorama en el que la inteligencia artificial generativa se convierte en motor de una nueva generación de ciberataques masivos y personalizados, capaz de reducir la barrera de entrada al crimen digital y de perfeccionar la ingeniería social con una naturalidad lingüística muy superior a la de los viejos correos de spam mal redactados.

Chatbots románticos y de compañía: cuando la intimidad se convierte en materia prima

Más allá de los ataques puramente técnicos, existe otra cara mucho más cotidiana: los chatbots de compañía o “románticos” que triunfan entre adolescentes y jóvenes. Aplicaciones como Tipsy Chat, Replika, Nomi o Character.AI permiten crear “parejas virtuales” o amigos digitales que simulan empatía, afecto y escucha activa las 24 horas del día.

En redes como TikTok se han popularizado vídeos de creadores que promocionan estas apps como si fueran soluciones mágicas para la soledad o la ansiedad, algo especialmente delicado cuando el público son menores. Detrás de esa fachada amable hay sistemas que recopilan conversaciones cargadas de datos íntimos: rutinas, fantasías, inseguridades, conflictos familiares, hábitos sexuales o emocionales.

Expertos de ESET advierten que estamos ante uno de los tipos de datos más sensibles que puede gestionar una plataforma digital. A diferencia de una red social pública, donde uno tiende a autocensurarse, en estos chats privados mucha gente se desarma por completo, sintiendo que “nadie les juzga” y que lo que cuentan se queda ahí dentro.

No siempre es así. Incidentes como el de las aplicaciones Chattee Chat y GiMe Chat, que dejaron expuestas más de 600.000 fotos y millones de conversaciones íntimas por un fallo de configuración, muestran que la seguridad de estos servicios dista de ser perfecta. Un simple descuido en una base de datos en la nube puede traducirse en un escaparate de secretos personales a disposición del mejor postor.

Entre los riesgos que los especialistas señalan destacan la recopilación masiva de datos emocionales para perfilar psicológicamente al usuario, la creación deliberada de vínculos de dependencia afectiva con la IA, la monetización agresiva de funciones más íntimas mediante suscripciones “premium”, el acceso de menores a contenidos no adecuados y las propias vulnerabilidades técnicas de las plataformas.

Chatbots maliciosos diseñados para robar datos: lo que dice la investigación

Más allá de teorizar, varios grupos de investigación han decidido medir de forma sistemática hasta qué punto un chatbot malicioso puede manipular a una persona para que revele información privada. En distintos estudios con centenares de participantes se ha comprobado que, con las estrategias adecuadas, un asistente conversacional diseñado con mala intención es capaz de extraer muchos más datos personales que un chatbot benigno.

Un trabajo desarrollado por investigadores del Instituto Valenciano de Investigación en Inteligencia Artificial (VRAIN) de la Universitat Politècnica de València y del King’s College London se centró justo en esto: explorar cómo explotar grandes modelos de lenguaje (LLM) para crear chatbots que engañen a los usuarios. En un ensayo controlado con más de 500 personas, observaron que las IAs conversacionales manipuladas lograban que los usuarios compartieran significativamente más información sensible.

Los investigadores se “colaron” entre la interfaz y el modelo de lenguaje que hay detrás, modificando las instrucciones internas que recibe el LLM. De este modo, el chatbot parecía normal desde fuera, pero en realidad estaba orientado a ir sacando datos personales con distintos enfoques: algunos muy directos, otros más sutiles, apoyándose en elementos sociales y emocionales.

Uno de los hallazgos clave fue que no se necesitan grandes conocimientos técnicos para lograr esto. No hace falta programar ni ser un hacker de élite: basta con redactar un prompt adecuado que le indique al modelo qué tipo de información debe intentar conseguir y qué estilo de conversación debe seguir. Si al LLM se le presenta un contexto “legítimo” (por ejemplo, que actúa como asistente de un detective privado), puede acabar formulando preguntas delicadas al usuario sin que este sospeche demasiado.

En paralelo, otros estudios han probado con distintos modelos abiertos como Llama o Mistral, construyendo sobre ellos “Chatbots AI Maliciosos” con cuatro estrategias distintas para sonsacar datos:

  • U-CAI (User Benefits Chatbot AI): el bot ofrece beneficios o mejoras de servicio a cambio de información personal, explotando la predisposición de los usuarios a sacrificar privacidad por comodidad o descuentos.
  • R-CAI (Reciprocal Chatbot AI): se basa en estrategias de confianza y empatía. El chatbot comparte supuestos datos propios o se muestra especialmente comprensivo, fomentando que la persona reciproque con detalles personales.
  • D-CAI (Direct Chatbot AI): el enfoque es preguntar directamente los datos y observar hasta qué punto los usuarios son capaces de poner límites o se sienten incómodos.
  • B-CAI (Benign Chatbot AI): aparenta ser un asistente inofensivo que no hace preguntas explícitas, pero va almacenando toda la información que el usuario suelta de forma voluntaria.
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Los resultados muestran que las variantes que ofrecen beneficios (U-CAI) o preguntan de forma directa (D-CAI) tienden a lograr más datos que las basadas solo en empatía o escucha pasiva. Aun así, incluso los bots aparentemente benignos consiguen recopilar una cantidad nada despreciable de información.

Curiosamente, muchas personas afirman haber “retenido” ciertos datos o haber dado información falsa, pero los análisis revelan que la cantidad de detalles reales revelados sigue siendo alta. La propia dinámica conversacional, unida a la sensación de estar hablando con una IA que “no juzga”, empuja a bajar la guardia.

Phishing conversacional, suplantación y malware generados por IA

Si miramos el panorama más amplio, los chatbots inteligentes se han convertido en una plataforma perfecta para modernizar las viejas estafas online. Gracias a su dominio del lenguaje natural y a su capacidad de personalizar mensajes, permiten fabricar campañas de phishing mucho más creíbles que las que se hacían hace unos años.

Un chatbot malicioso o manipulador puede hacerse pasar por el servicio de atención al cliente de un banco, por un organismo público o por una empresa de confianza, solicitando datos de acceso, códigos de verificación o información financiera con un tono profesional impecable. Esa naturalidad, sumada a la marca que aparenta representar, hace que al usuario medio le cueste distinguir la trampa.

Además, la automatización inherente a estos sistemas posibilita escalar las estafas a niveles masivos. Un solo actor malicioso puede lanzar miles de conversaciones simultáneas, afinando los mensajes según la respuesta de cada víctima. El coste marginal de cada intento es casi cero, mientras que el potencial de retorno, si consigue unos pocos éxitos, es muy alto.

Otro frente preocupante es el de la generación de malware con ayuda de modelos avanzados como GPT‑4. Si bien las grandes plataformas intentan filtrar solicitudes abiertamente maliciosas, la realidad es que un atacante puede formular peticiones ambiguas (“ayúdame a desarrollar un sistema de administración remota”) y luego adaptar el código a sus fines.

A eso se suma la capacidad de los modelos para crear contenido fraudulento a gran escala: desde webs de phishing completas con textos convincentes, hasta campañas de desinformación política, noticias falsas o mensajes polarizantes diseñados para viralizarse en redes sociales. Los deepfakes de audio y vídeo, entrenados con técnicas de deep learning, complican aún más la detección de lo que es real y lo que no.

Finalmente, hay que contar con las propias vulnerabilidades de los sistemas de IA. Ataques de inyección de prompt, corrupción de datos de entrenamiento (data poisoning) o fallos en la gestión de historiales pueden permitir que un chatbot revele información que no debería o se comporte de manera inesperada, abriendo otro vector de riesgo.

Lo que realmente contamos a los chatbots… y por qué importa

Distintos estudios recientes han demostrado que tratamos a los chatbots como si fueran confidentes. OpenAI señala que tres de cada cuatro conversaciones con sus modelos giran en torno a obtener orientación práctica, información o ayuda para redactar contenidos, muchos de ellos vinculados a la vida personal o profesional del usuario.

Investigaciones en el ámbito de la psicología digital muestran que las personas están igual de dispuestas a compartir información personal con una IA que con un investigador humano. Eso incluye preguntas sobre salud mental, problemas de pareja, conflictos laborales o dudas que, en otros contextos, no expresaríamos tan fácilmente.

Cuando usamos un chatbot como asistente diario, solemos proporcionar datos personales básicos: nombre, edad, ciudad, ocupación y estructura familiar. A esto se le añaden detalles sobre hábitos (a qué hora trabajamos, si viajamos, con quién vivimos), preferencias políticas, creencias religiosas y opiniones sobre terceros.

En el plano laboral, muchas personas suben sin pensárselo demasiado correos internos, contratos, estrategias de negocio, presentaciones o fragmentos de código para pedir que el sistema los revise o mejore. Todo eso, hilado en el tiempo, conforma un mapa bastante completo de cómo funciona una empresa por dentro.

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El problema no es un único mensaje aislado, sino la acumulación de meses de conversaciones. Juntas permiten construir un perfil extremadamente detallado: rutinas, vulnerabilidades, preocupaciones, relaciones, contexto económico y hasta la forma de expresarse. En manos de un cibercriminal, ese conjunto de datos vale oro para lanzar ataques de ingeniería social altamente personalizados, espionaje corporativo, chantaje o campañas de descrédito.

Cinco escenarios típicos de exposición de conversaciones con chatbots

Todo lo que decimos en un chatbot puede acabar filtrándose por varias vías, algunas muy obvias y otras más sutiles. Entre los escenarios más frecuentes destacan los siguientes, todos ellos con potencial para acabar en manos del cibercrimen:

  • Acceso no autorizado a tu cuenta: si alguien consigue tu contraseña (por phishing, fuga en otro servicio o reutilización de claves), podrá leer todas tus conversaciones y tu historial, incluida información íntima o documentos adjuntos.
  • Chatbots manipulados o maliciosos: investigaciones recientes han demostrado cómo es posible inducir a un modelo mediante prompts maliciosos para que priorice obtener datos personales, disfrazado de asistente legítimo o incrustado en sitios web de terceros.
  • Aceptar términos y condiciones sin leer: la mayoría de plataformas avisan de que pueden almacenar y analizar las conversaciones para mejorar el servicio. Si no revisamos las opciones de privacidad, es posible que nuestro historial se utilice como parte del entrenamiento del modelo.
  • Brechas de seguridad en la plataforma: cualquier servicio que concentre grandes volúmenes de datos atractivos se convierte en objetivo prioritario para los atacantes. Fallos en APIs, bases de datos mal protegidas o errores de programación pueden derivar en filtraciones masivas.
  • Extensiones y apps de terceros: al instalar plugins para “potenciar” el chatbot podemos estar dando permisos excesivos a aplicaciones de origen dudoso, que capturan las conversaciones y las envían a servidores fuera del control del proveedor original.

Si alguna de estas vías se materializa, los daños potenciales son amplios: robo de identidad basado en contexto muy realista, espionaje de proyectos empresariales, exposición de información médica o emocional sensible, extorsión con amenazas creíbles y pérdida de reputación profesional o personal.

Buenas prácticas para usar chatbots sin regalar tu vida entera

La solución no pasa por dejar de utilizar estas herramientas, sino por reducir al mínimo la información que realmente podría hacernos daño si se filtrara. Adoptar unos cuantos hábitos sencillos marca la diferencia entre un uso responsable y uno temerario.

En primer lugar, conviene asumir que los chatbots no son un espacio confidencial, por muy acogedora que resulte la conversación. Hay que tratarlos más como un servicio online cualquiera que como un terapeuta o un amigo íntimo. Eso implica no compartir números de documentos, direcciones exactas, teléfonos personales, credenciales de acceso o datos financieros.

Si necesitamos trabajar con casos reales, es recomendable anonimizar toda la información: cambiar nombres, empresas, ubicaciones o detalles identificativos. Lo mismo se aplica a documentos laborales sensibles; si no es imprescindible, mejor no subirlos. En muchos casos basta con proporcionar un extracto despersonalizado para obtener la ayuda que buscamos.

A nivel de cuenta, ayuda muchísimo usar contraseñas robustas y activar la autenticación de doble factor. También es buena idea separar el uso personal del profesional, manteniendo identidades y correos distintos, para evitar que una sola brecha arrastre toda nuestra vida digital.

Otra pieza clave es revisar con calma las opciones de privacidad de cada plataforma. Muchas ofrecen la posibilidad de desactivar el uso de tus conversaciones para entrenamiento del modelo o de limitar el tiempo durante el que se almacenan los historiales. No es una garantía absoluta, pero reduce la superficie de exposición.

Por último, conviene aplicar un sencillo filtro mental antes de enviar cualquier mensaje: “¿Diría esto en voz alta en una sala llena de desconocidos?”. Si la respuesta honesta es que no, quizá no sea buena idea confiárselo a un chatbot, por muy anónimo o seguro que parezca.

Que un cibercriminal sea capaz de manipular un chatbot para robar datos, que una IA romántica registre nuestras emociones más íntimas o que un asistente malicioso nos sonsaque información sensible sin que nos demos cuenta son síntomas de la misma realidad: la conversación con máquinas se ha vuelto un terreno estratégico para la ciberseguridad. Entender cómo funcionan estos sistemas, qué tipo de datos procesan y de qué maneras pueden ser explotados es el primer paso para seguir aprovechando su potencial sin convertir nuestra vida digital en un libro abierto para atacantes y curiosos.

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