Cómo mejorar el rendimiento de tu PS5 o Xbox Series X

Última actualización: enero 23, 2026
Autor: Isaac
  • Configurar correctamente vídeo, modo rendimiento, VRR y Modo Juego reduce input lag y tirones.
  • Usar cable HDMI adecuado, buena ventilación y espacio libre en el SSD mejora estabilidad y tiempos de carga.
  • Conexión por Ethernet, cerrar apps en segundo plano y actualizar sistema y mando optimizan la experiencia online.

Consolas PS5 y Xbox optimizadas para mejor rendimiento

Si tienes una PS5 o una Xbox Series X y sientes que los juegos podrían ir más finos, con menos tirones y tiempos de carga más cortos, estás en el lugar adecuado. Estas consolas tienen un hardware muy potente, pero si no las configuras bien o las usas con una tele poco optimizada, es fácil que no expriman todo su potencial.

Con unos cuantos ajustes bien escogidos puedes lograr más estabilidad en los FPS, menor input lag, menos caídas de rendimiento y una experiencia online mucho más estable, sin tener que gastar dinero en nuevos componentes. Vamos a ver, paso a paso, cómo dejar tu PS5 o Xbox Series X preparada para rendir al máximo tanto en juegos de historia como en títulos competitivos.

Qué significa realmente optimizar el rendimiento en PS5 y Xbox

Cuando hablamos de mejorar el rendimiento en consola no se trata solo de subir los fotogramas por segundo, sino de conseguir una experiencia global mucho más fluida: tiempos de carga más cortos, menos tirones, estabilidad en escenas exigentes y controles más reactivos.

En la práctica, una consola bien ajustada ofrece menor input lag, menos caídas de frames, menos microparones cuando se cargan nuevas zonas, como explicamos en nuestra guía para optimizar tiempos de carga, y un sistema que responde rápido al moverte por menús, abrir juegos o cambiar de aplicación.

También entra en juego la estabilidad: un buen ajuste reduce cuelgues, errores de carga y problemas de red al jugar online, algo clave si pasas muchas horas en multijugador o en juegos competitivos donde cada milisegundo cuenta.

Finalmente, la sensación de fluidez no depende solo de la consola: la tele o monitor, el cable HDMI, la red y la ventilación tienen un papel enorme. De poco sirve una máquina brutal si el televisor mete 100 ms de retraso por su procesamiento de imagen o si tu WiFi va a trompicones.

Ajustes de vídeo para reducir la latencia y los tirones

Uno de los puntos más importantes para mejorar la experiencia es configurar bien la salida de vídeo de la PS5 o Xbox Series X y, muy especialmente, las opciones de tu televisor o monitor, que suelen venir de fábrica mal orientadas para jugar.

En Xbox Series X, entra en Configuración > General > Opciones de TV y pantalla. En PS5, ve a Ajustes > Pantalla y vídeo. Desde ahí vas a poder tocar resolución, frecuencia de actualización, VRR y otros parámetros que influyen directamente en los FPS percibidos y en el input lag.

Si tu pantalla lo permite, selecciona una frecuencia de refresco de 120 Hz. Esto no significa que todos los juegos vayan a 120 FPS, pero sí que los títulos compatibles se verán muchísimo más fluidos y con un control más inmediato, sobre todo en shooters y juegos de acción rápida donde se nota muchísimo el cambio.

Otro ajuste clave es la Frecuencia de Actualización Variable (VRR). Esta tecnología sincroniza la tasa de refresco de la tele con los FPS que saca la consola en tiempo real, reduciendo el tearing (esas líneas partidas en la imagen) y suavizando las fluctuaciones de rendimiento, lo que ayuda a que no te molesten tanto los cambios entre, por ejemplo, 40 y 60 FPS.

Además de los Hz y el VRR, revisa el modo de imagen de la tele: el mejor para jugar es casi siempre el Modo Juego o Modo de baja latencia, que desactiva procesados pesados y reduce de forma drástica el retardo entre tu mando y lo que ves en pantalla.

Cómo activar Modo Juego y ALLM en tu tele o monitor

Muchas teles modernas incluyen funciones específicas para gaming, como el Modo Juego y el ALLM (Modo Automático de Baja Latencia), pensadas para reducir el retraso de entrada al mínimo posible sin que tengas que andar cambiando ajustes cada vez que enciendes la consola.

El primer paso es entrar en el menú de configuración de imagen de tu televisor y localizar algo tipo “Modo Juego”, “Game Mode” o “Baja latencia”. Al activarlo, la tele desactiva o reduce al mínimo tratamientos como suavizado de movimiento, reducción de ruido o sobreprocesado de color, que son bonitos para ver pelis pero nefastos para jugar.

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Algunos modelos incluyen además ALLM, generalmente en un apartado de configuración general o avanzada. Esta opción hace que, cuando la tele detecta una señal de una consola compatible, entre automáticamente en modo de baja latencia sin que tengas que tocar nada más.

Si no encuentras estas opciones, lo mejor es echar un ojo al manual de tu tele o a la web del fabricante. En teles más antiguas puede que no exista un modo juego como tal, pero muchas veces hay un perfil “PC” o una entrada HDMI especial donde el procesamiento es menor y, por tanto, la latencia también.

Para aprovechar estas funciones a tope, asegúrate de usar un cable HDMI adecuado (2.0 o 2.1 para 4K y 120 Hz) y conéctalo directamente al puerto HDMI de la tele que soporta las funciones gaming. Después, prueba un juego de ritmo rápido: deberías notar que los controles responden más rápido y que el mando “se siente” más directo.

Modo Rendimiento vs Modo Calidad en los juegos

Cada vez más títulos para PS5 y Xbox Series X te dejan elegir entre modo Calidad (prioriza gráficos) y modo Rendimiento (prioriza FPS). Entender bien la diferencia es básico para dejar de sufrir tirones y latigazos de frames en escenas exigentes.

El Modo Rendimiento está pensado para sacrificar algo de resolución o efectos visuales a cambio de una tasa de fotogramas más alta y estable. Eso se traduce en controles más ágiles, menos sensación de “pesadez” al mover la cámara y una jugabilidad global mucho más suave, sobre todo si tu pantalla tiene 120 Hz o VRR.

En cambio, el Modo Calidad sube el listón gráfico con mejores texturas, sombras más definidas y efectos más vistosos (iluminación, reflejos, etc.), pero normalmente bloquea el juego a 30 FPS o hace que la tasa de fotogramas sea menos consistente, lo que puede generar una ligera sensación de retraso en los controles.

Es importante entender que elegir modo rendimiento no cambia las reglas ni la jugabilidad del título: lo que mejora es la rapidez con la que tus acciones se reflejan en pantalla. En juegos de acción, plataformas, conducción o shooters competitivos, esta diferencia entre 30 y 60 FPS (o más) se nota muchísimo.

Dentro de cada juego suele haber un apartado de “Gráficos”, “Vídeo” o “Opciones de pantalla” donde puedes cambiar este ajuste. Si notas oscilaciones molestas de FPS o te cansa la vista al moverte por escenarios abiertos, merece la pena activar el modo rendimiento aunque pierdas algo de espectacularidad gráfica.

Importancia del cable HDMI y compatibilidad de la pantalla

Aunque suene a detalle menor, el cable HDMI que uses entre la consola y la tele puede limitar seriamente el rendimiento máximo que puedes conseguir, especialmente si quieres jugar en 4K a 120 Hz con VRR y HDR activados.

Para sacar todo el jugo a PS5 y Xbox Series X, lo ideal es usar HDMI 2.1 certificado, que es el estándar pensado para 4K120, VRR y demás funciones de nueva generación. El cable que viene de serie con la Xbox Series X ya es HDMI 2.1 de alta velocidad, por lo que conviene no cambiarlo por uno genérico barato.

También es muy recomendable conectar la consola directamente a la tele en lugar de pasarla por barras de sonido, receptores antiguos o splitters que no soportan estas especificaciones, ya que pueden limitar la señal a 4K30 o 60 Hz sin VRR, incluso aunque tu tele sea compatible.

Antes de volverte loco con la configuración, revisa qué soporta realmente tu televisor: resolución máxima, soporte de 4K, HDR10, Dolby Vision y 120 Hz. Normalmente hay un menú de “Información de entrada” o similar donde se muestra qué está recibiendo desde la consola.

Si tu tele no soporta algunas funciones avanzadas, a veces es mejor desactivarlas también en la consola para evitar inestabilidades o pantallazos negros al cambiar de juego, y centrarte en lo que sí puede manejar bien tu pantalla.

Cómo actualizar la consola y el mando para ganar estabilidad

Una de las formas más sencillas de mejorar la experiencia es mantener siempre el sistema de la consola y el firmware del mando actualizados, ya que los fabricantes suelen ir puliendo rendimiento, corrigiendo errores y mejorando la compatibilidad con nuevos juegos y teles.

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En Xbox Series X, entra en Configuración > Sistema > Actualizaciones para comprobar si hay una nueva versión del sistema. En PS5, ve a Ajustes > Sistema > Software del sistema > Actualización y configuración para forzar una búsqueda de parches pendientes.

En cuanto al mando de Xbox, puedes actualizar su firmware desde Configuración > Dispositivos y conexiones > Accesorios. Selecciona el controlador, conéctalo por cable USB-C para más seguridad y, si aparece la opción de “Actualizar”, ejecútala y espera a que termine sin desconectar el mando.

Tras la actualización es buena idea reiniciar tanto la consola como el mando para asegurarte de que todo arranca con el nuevo firmware correctamente cargado. Estos parches pueden mejorar la respuesta del controlador, reducir pequeños retardos y evitar desconexiones o fallos aleatorios.

Mantener también los juegos al día es igual de importante: muchos parches de día uno o posteriores incluyen optimizaciones específicas para PS5 y Xbox Series X, mejoras en el modo rendimiento, reducción de stuttering y corrección de bugs que causaban tirones o crasheos.

Gestión del almacenamiento: SSD interno, espacio libre y discos externos

La memoria interna de PS5 y Xbox Series X está basada en SSD de alta velocidad diseñados para nueva generación, y eso se nota muchísimo en los tiempos de carga y en cómo el juego puede ir cargando contenido en segundo plano sin cortes bruscos.

Para mantener este rendimiento, es muy recomendable dejar al menos un 15-20 % de espacio libre en el SSD interno. Cuando el almacenamiento está al límite, el sistema se vuelve menos eficiente, los tiempos de carga pueden alargarse y es más fácil que aparezcan pequeños parones al moverte por mundos abiertos.

Si te quedas sin espacio, puedes recurrir a unidades de expansión oficiales o discos externos, pero conviene tener en cuenta que los mejores resultados para juegos optimizados de nueva generación se consiguen siempre desde el SSD interno o las tarjetas de expansión certificadas en el caso de Xbox.

Desde el almacenamiento externo es mejor reservarse para juegos retrocompatibles o títulos menos exigentes, donde la velocidad extrema no es tan crítica. Así priorizas el espacio interno para los juegos que realmente lo necesitan y evitas cuellos de botella innecesarios.

Haz limpieza periódica de juegos y apps que no uses: eliminar lo que llevas meses sin tocar libera espacio, reduce el desorden y ayuda a que la consola funcione con mayor agilidad tanto en menús como al iniciar partidas.

Conexión a Internet: latencia, ping y estabilidad en juegos online

En multijugador online, casi más importante que los FPS es la calidad de tu conexión. Una línea rápida pero inestable puede darte más problemas que una conexión modesta pero bien configurada y con poco ping hacia los servidores del juego.

Lo ideal, siempre que sea posible, es conectar la consola al router mediante un cable Ethernet. La conexión por cable ofrece más estabilidad, menos interferencias y una latencia normalmente mucho más baja que cualquier WiFi, algo que marca la diferencia en shooters competitivos, MOBAs o juegos de lucha.

Si no puedes tirar cable, intenta usar la banda de 5 GHz del router, que suele ofrecer mayor velocidad y menos congestión que la clásica 2,4 GHz, aunque a cambio tiene algo menos de alcance; si piensas mejorar la cobertura, consulta errores comunes al elegir un repetidor Wi-Fi.

Ten en cuenta que una mala conexión, un ping alto o cortes frecuentes provocan que lo que haces con el mando llegue con retraso al servidor y lo que ves en pantalla vaya desincronizado con los demás jugadores, generando teletransportes, lag y una experiencia francamente frustrante.

Para no empeorar las cosas, evita que haya descargas, streaming a alta resolución u otros dispositivos saturando la red mientras juegas. Si configuras QoS en tu router (si lo permite), puedes priorizar el tráfico de tu consola para reducir aún más los problemas de latencia; también es útil medir la línea de base de rendimiento de tu red para diagnosticar problemas.

Control de temperatura, limpieza y ventilación de la consola

El calor es enemigo directo del rendimiento. Tanto PS5 como Xbox Series X están diseñadas para regularse solas, pero si se calientan demasiado activan mecanismos internos para bajar la temperatura reduciendo rendimiento, lo que puede traducirse en tirones o bajadas de FPS en sesiones largas.

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Para evitarlo, coloca la consola en un lugar bien ventilado, sin muebles cerrados ni huecos estrechos que bloqueen la circulación del aire. Las rejillas de ventilación tienen que estar siempre despejadas, sin obstáculos muy pegados ni objetos encima que tapen la salida de calor.

Es buena idea realizar una limpieza de polvo cada pocos meses, sobre todo si la tienes en una zona donde se acumula suciedad o si convives con mascotas. El polvo que entra por las rejillas puede ir tapando conductos internos y forzar a los ventiladores a trabajar más, generando ruido y empeorando la refrigeración.

Evita situar la consola sobre alfombras, mantas o superficies mullidas que puedan bloquear completamente las entradas de aire. Usar una superficie dura y estable (madera, metal, etc.) ayuda a que el sistema de ventilación funcione como debe.

Si juegas maratones muy largas con títulos muy exigentes y notas que la máquina se calienta bastante, puedes plantearte pequeños descansos o accesorios de cámara de vapor vs heatpipes, aunque lo prioritario siempre será una buena colocación y una limpieza razonable de rejillas.

Cerrar apps en segundo plano y reiniciar de vez en cuando

Otro gesto sencillo que marca la diferencia es cerrar las aplicaciones y juegos que no estés usando. Dejar varias cosas abiertas en segundo plano consume memoria y recursos, lo que puede repercutir en la fluidez del título que estás jugando en ese momento.

Tanto en PS5 como en Xbox Series X puedes cerrar juegos y apps desde el menú rápido, seleccionando el icono correspondiente y usando la opción de cerrar o salir completamente. No basta con volver al menú principal: es mejor asegurarte de que no hay procesos activos innecesarios.

Además, conviene reiniciar la consola 1 o 2 veces por semana en lugar de dejarla eternamente en modo reposo. El reinicio limpia procesos, resetea pequeños fallos de memoria y ayuda a que el sistema operativo vuelva a funcionar fresco.

Este mantenimiento básico es especialmente útil si notas que, con el tiempo, los menús se sienten más lentos, los juegos tardan más en arrancar o empiezan a aparecer pequeños errores que antes no ocurrían, sin que haya un motivo aparente.

Son pequeños hábitos que muchos jugadores pasan por alto, pero que suman para que tu consola se mantenga ágil y estable a lo largo de los años.

Medir input lag y detectar funciones que empeoran la respuesta

Si eres muy sensible al retraso entre tus movimientos y lo que ves en pantalla, es posible que quieras medir el input lag de tu configuración o, al menos, entender qué funciones de la tele pueden estar empeorándolo.

Procesados como sobrescalado agresivo, suavizado de movimiento (motion smoothing), reducción de ruido o interpolación de fotogramas añaden milisegundos (o incluso decenas de milisegundos) de retraso. Puede que la imagen se vea “de cine”, pero en juegos la sensación suele ser de torpeza y falta de inmediatez.

Desactivar estas opciones en el modo juego o en el perfil que uses con la consola suele recortar mucho la latencia de la pantalla sin que pierdas calidad real a la hora de jugar, más allá de que la imagen ya no se vea “hipersuavizada” como una telenovela.

Si quieres ir al máximo detalle, hay sitios web, aplicaciones específicas e incluso dispositivos de medición con cámaras de alta velocidad que permiten calcular con gran precisión el retardo entre pulsación y resultado. Sin embargo, para la mayoría de usuarios, un ajuste a ojo es más que suficiente.

Lo más práctico es probar con un juego que conozcas bien, desactivar procesados de la tele, activar el modo juego y comparar sensaciones: cuando has dado con la configuración adecuada, la respuesta del mando se nota mucho más directa y el personaje “obedece” sin esa fracción de segundo molesta.

Aplicando todos estos ajustes —modo rendimiento cuando el juego lo permita, configuración correcta de vídeo con VRR y 120 Hz, uso de buen cable HDMI, red estable con preferencia por Ethernet, almacenamiento bien gestionado, consola actualizada, ventilada y libre de apps en segundo plano— tu PS5 o Xbox Series X puede ofrecer una experiencia de juego mucho más fluida, estable y reactiva, aprovechando de verdad el hardware que tienes en el salón y marcando la diferencia tanto en partidas competitivas como en tus aventuras para un jugador.

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