El plan de Elon Musk para chips cerebrales y megafábricas de IA

Última actualización: enero 8, 2026
Autor: Isaac
  • Neuralink se prepara para producir en masa sus chips cerebrales en 2026, apoyándose en cirugía robótica casi automatizada.
  • Los implantes permiten a pacientes con parálisis controlar dispositivos mediante IA que interpreta su actividad neuronal.
  • Tesla estudia levantar una megafábrica propia de chips de IA para asegurar volumen y control sobre su hardware clave.
  • La estrategia global de Musk busca integrar verticalmente desde los implantes cerebrales hasta las foundries de semiconductores.

Elon Musk chips e inteligencia artificial

Elon Musk lleva años repitiendo que sus compañías no son negocios tradicionales, sino piezas de un mismo plan para dominar la inteligencia artificial, la robótica y ahora también el propio silicio. Desde los coches autónomos de Tesla hasta los implantes cerebrales de Neuralink, la estrategia pasa por controlar cada capa de la tecnología, desde el software hasta el hardware más profundo.

En este contexto, el magnate ha empezado a mover ficha en dos frentes que se cruzan: por un lado, la decisión de arrancar la producción masiva de los chips cerebrales de Neuralink en 2026, apoyándose en una cirugía casi totalmente automatizada; por otro, la idea de que Tesla termine levantando una megafábrica propia de chips de IA, capaz de rivalizar en volumen con las grandes foundries del sector y posiblemente en colaboración con Intel.

Neuralink: de proyecto experimental a industria de implantes cerebrales

Neuralink nació en 2016 con un objetivo que sonaba a ciencia ficción: crear una interfaz directa entre el cerebro humano y los ordenadores. Lo que empezó como un proyecto de laboratorio basado en pruebas con animales ha ido escalando, hasta el punto de que la compañía ya habla abiertamente de producción industrial y de miles de pacientes al año.

Durante bastante tiempo, el gran freno de la empresa fue la autorización de la FDA estadounidense. Musk y su equipo se pasaron años mostrando experimentos con animales —incluidos monos capaces de jugar a Pong solo con la mente—, pero la agencia reguladora se resistía a dar luz verde a las pruebas en humanos, exigiendo mejores protocolos de seguridad y más datos.

Ese bloqueo se rompió cuando la FDA aprobó los primeros ensayos clínicos en personas. Según la información que han ido ofreciendo las propias publicaciones de Neuralink y las filtraciones posteriores, en 2024 se implantó el primer dispositivo en un paciente con parálisis grave, que logró controlar un cursor en pantalla y manejar interfaces digitales usando únicamente sus pensamientos.

A partir de ahí, el programa se aceleró. Para 2025, diferentes fuentes señalan que doce pacientes con parálisis severa habían recibido ya el implante dentro de estudios clínicos. Los resultados han incluido tareas como mover un cursor, escribir texto, navegar por Internet o incluso jugar a videojuegos en un ordenador mediante la mente, algo impensable hace tan solo unos años.

Neuralink no es la única compañía que trabaja en este tipo de implantes. Firmas como Synchron o Blackrock Neurotech desarrollan sistemas de interfaz cerebro-computadora con fines similares, sobre todo centrados en pacientes sin movilidad. Sin embargo, la empresa de Musk se ha colocado en el foco mediático por la magnitud de sus recursos, su narrativa futurista y la enorme visibilidad que proporciona la figura del propio Elon.

Cómo funciona el chip cerebral de Neuralink en el día a día

El dispositivo de Neuralink es, en apariencia, un pequeño módulo con el tamaño aproximado de una moneda que se inserta en el cráneo. Bajo esa carcasa se esconde un chip dedicado y un conjunto de hebras ultrafinas provistas de miles de electrodos, diseñados para registrar la actividad eléctrica de las neuronas con una resolución muy elevada.

El lugar elegido para el implante es la corteza motora del cerebro, la zona encargada de planificar y ejecutar los movimientos. Cuando una persona con el dispositivo piensa en mover una mano, desplazar el cursor o pulsar una tecla, se generan patrones eléctricos concretos; el sistema de Neuralink se encarga de captar esas señales, filtrarlas y convertirlas en datos útiles.

Para traducir esa actividad neuronal en comandos digitales, la compañía se apoya en algoritmos avanzados de inteligencia artificial capaces de identificar patrones complejos en tiempo real. Esos algoritmos se entrenan con sesiones repetidas, en las que el paciente intenta realizar una acción concreta mientras el sistema registra la respuesta del cerebro y la asocia a un comando determinado.

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Una vez entrenado, el implante es capaz de enviar esas instrucciones de forma inalámbrica a un ordenador, una tableta, un móvil u otros dispositivos compatibles. En la práctica, cuando el usuario piensa en mover el cursor, este se desplaza por la pantalla; si intenta seleccionar una casilla o pulsar una tecla virtual, el sistema lo interpreta y ejecuta la orden.

Uno de los elementos técnicos que Neuralink enfatiza es la forma en la que el implante se integra físicamente en el cerebro. La compañía ha señalado que sus electrodos están diseñados para atravesar la duramadre, la membrana que protege el encéfalo, sin necesidad de retirarla por completo. Esto, según sus ingenieros, reduce el riesgo quirúrgico y favorece la estabilidad del dispositivo a largo plazo, aunque sigue siendo una intervención extremadamente delicada.

De los primeros pacientes a la producción en masa en 2026

Los casos de éxito iniciales —como el paciente que movía piezas de ajedrez digitales o manejaba juegos sencillos usando la mente— sirvieron a Musk como trampolín para anunciar el siguiente salto: pasar de unos pocos ensayos clínicos a una producción a gran escala de chips cerebrales. Según ha declarado en varias ocasiones en la red social X, 2026 es el año marcado para esa transición.

La compañía afirma que ya hay un total de 12 personas con el implante, todas ellas afectadas por cuadros de parálisis severa. Aunque la muestra todavía es reducida y los resultados a largo plazo siguen siendo una incógnita, los avances han sido suficientes para convencer a inversores y reguladores de que merece la pena seguir apostando por la tecnología.

No todo han sido buenas noticias. Neuralink ha reconocido problemas en al menos uno de los primeros pacientes, relacionados con fallos en el funcionamiento del chip. La empresa asegura que esos contratiempos se han resuelto mediante actualizaciones de software y ajustes en los algoritmos, pero el caso ha reavivado el debate sobre la seguridad de estos dispositivos y su impacto potencial en la salud a largo plazo.

Para financiar la siguiente fase, en junio de 2025 la compañía cerró una ronda de inversión de 650 millones de dólares. Ese capital se destinará tanto a ampliar los ensayos clínicos —incluyendo más pacientes y perfiles médicos distintos— como a preparar la infraestructura necesaria para fabricar y desplegar los implantes en grandes volúmenes.

El anuncio de Musk en X fue claro: Neuralink se considera lista para escalar la tecnología a producción masiva y, al mismo tiempo, automatizar al máximo el proceso quirúrgico. La meta no es solo tener más chips listos, sino garantizar que pueda implantarlos de forma repetible, rápida y con un nivel de seguridad aceptable para un número creciente de pacientes.

La cirugía como línea de montaje: automatización y robots quirúrgicos

Hasta ahora, los implantes cerebrales se han manejado como procedimientos excepcionales, casi artesanales, en manos de equipos médicos altamente especializados. Neuralink quiere romper esa dinámica con un enfoque que se parece más a una fábrica de alta precisión que a un quirófano tradicional.

El núcleo del plan es un sistema robótico diseñado específicamente para realizar la inserción del implante con precisión micrométrica. Este robot es el encargado de abrir la ventana en el cráneo, introducir las hebras con electrodos en la corteza motora y colocar el módulo en su alojamiento definitivo, siguiendo trayectorias predefinidas y evitando vasos sanguíneos críticos.

Según ha explicado la compañía, el objetivo es que el procedimiento sea “casi totalmente automatizado”, reduciendo al mínimo la intervención manual de los cirujanos. La idea es que el personal humano supervise el proceso, configure los parámetros clave y actúe solo en caso de incidencia, mientras el robot se encarga de la ejecución mecánica repetitiva.

Automatizar la cirugía tiene varias ventajas potenciales. Por un lado, recorta el tiempo de intervención, algo clave si se quiere escalar de decenas a miles de implantes por año. Por otro, permite estandarizar resultados, reduciendo la variabilidad entre pacientes y entre distintos equipos médicos, algo que siempre ha sido un problema en cirugías tan complejas.

Además, Neuralink insiste en que la automatización ayudará a minimizar los riesgos quirúrgicos, ya que un sistema robótico bien calibrado puede ser más estable y preciso que la mano humana durante horas de operación. Aun así, el debate ético y médico sigue abierto, porque cualquier fallo del robot o del software de control podría tener consecuencias irremediables para el paciente.

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Objetivos médicos hoy, ambiciones transhumanistas mañana

A corto plazo, la prioridad declarada de Neuralink es atender a personas con enfermedades neurológicas graves: parálisis, lesiones en la médula espinal, Parkinson, Alzheimer o pérdida severa de visión. La promesa es que, gracias a los implantes, puedan recuperar parte de sus funciones motoras, comunicarse de forma independiente o manejar dispositivos que les devuelvan cierto grado de autonomía.

Ejemplos como el paciente que vuelve a escribir mensajes, se entretiene con videojuegos sencillos o interactúa con aplicaciones mediante la mente tienen una potencia simbólica enorme. Son historias que hacen más tangible la idea de que una interfaz cerebro-computadora bien diseñada puede devolver fragmentos de vida cotidiana a personas que la habían perdido casi por completo.

Sin embargo, Musk rara vez se queda en el plano clínico. El empresario ha repetido en múltiples ocasiones que su visión a largo plazo pasa por fusionar la conciencia humana con la inteligencia artificial. En su discurso, los implantes cerebrales no solo servirán para tratar enfermedades, sino también para aumentar las capacidades cognitivas, ampliar la memoria o incluso permitir formas de comunicación directa entre cerebros.

Ese horizonte más especulativo despierta tanto entusiasmo como recelo en la comunidad científica. Muchos investigadores en neurociencia y ética advierten de los riesgos de introducir en el cerebro un dispositivo capaz de registrar y transmitir información tan íntima como la actividad neuronal, sobre todo si su uso se generaliza más allá de los casos clínicos estrictamente justificados.

Además, la cuestión de la privacidad se vuelve especialmente delicada. ¿Quién controla los datos cerebrales? ¿Cómo se protegen frente a filtraciones, hackeos o usos indebidos? Aunque Neuralink promete sistemas de seguridad robustos y cifrado extremo, el simple hecho de que exista la posibilidad técnica de acceder a esa información plantea dilemas que la regulación todavía está empezando a abordar.

Tesla, IA y la tentación de levantar su propia fábrica de chips

En paralelo a todo lo que ocurre con Neuralink, Musk está redibujando cómo se presenta Tesla ante el mundo. Cada vez insiste más en que Tesla no es solo un fabricante de coches eléctricos, sino una empresa de IA y robótica que utiliza los vehículos como plataforma para desplegar sus algoritmos y su hardware propio.

En ese relato entran proyectos como los robotaxis totalmente autónomos, el humanoide Optimus para tareas industriales y domésticas, las fábricas hiperautomatizadas y los grandes centros de datos dedicados a entrenar modelos de inteligencia artificial. Todo ello necesita una cantidad colosal de chips de IA especializados, optimizados para consumo energético, coste y rendimiento.

Hasta ahora, Tesla ha seguido una estrategia relativamente común: diseña sus propios chips para conducción autónoma y otros usos, pero los encarga a fundiciones externas como TSMC o Samsung, que se encargan de fabricarlos en sus nodos de última generación. Las familias de procesadores actuales y futuras, como la AI5 y las que vendrán después, siguen este modelo “fabless”.

El último giro en el discurso de Musk es sugerir que, a medio plazo, Tesla “probablemente” tendrá que construir una planta propia de fabricación de chips, una instalación descomunal pensada para producir en volúmenes que compitan con los de las grandes foundries del sector. Incluso ha deslizado que podría hacerlo en colaboración con Intel, que busca reimpulsar su negocio de fabricación para terceros.

La idea no surge de la nada. Llega justo después de que los accionistas de Tesla aprobaran un paquete de compensación multimillonario para Musk, en parte como señal de respaldo a su visión de la empresa como gigante de IA y robótica. Con ese aval, el anuncio de una megafábrica de chips encaja bien en la narrativa de Tesla como compañía que controla todo, desde las baterías hasta el silicio que ejecuta sus modelos de IA.

Volumen, control y relato: por qué Musk quiere su propia foundry

Desde el punto de vista industrial, la jugada tiene cierta lógica. Primero está el tema del volumen de chips necesarios. Si Tesla consigue materializar su hoja de ruta —coches realmente autónomos, flotas de robotaxis, humanoides Optimus trabajando en fábricas y hogares, centros de datos internos, etc.—, su demanda de procesadores de IA se disparará a niveles que podrían no encajar cómodamente en la capacidad disponible de las foundries actuales.

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El segundo pilar es el control sobre el hardware crítico. Una fábrica propia permitiría a Tesla ajustar al milímetro el nodo de fabricación, el empaquetado, el consumo y los calendarios de producción a sus necesidades, sin tener que competir por prioridad con otros gigantes tecnológicos. Musk incluso habla de chips capaces de ofrecer una fracción del consumo y del coste frente a soluciones como la familia Blackwell de NVIDIA para tareas equivalentes.

El tercer componente es puramente narrativo. Una megafábrica de chips refuerza la imagen de Tesla como empresa integrada verticalmente hasta el extremo: diseña el software, controla el sistema operativo de sus coches, desarrolla sus propios chips, produce baterías y, en el escenario que plantea Musk, también fabricaría el silicio que da vida a toda esa infraestructura de IA.

Sobre el papel suena impecable, y encaja con la forma en la que Musk suele abordar sus proyectos: ambición máxima, plazos agresivos y una comunicación pública muy marcada por los grandes titulares. Pero convertir esa visión en una foundry operativa y competitiva es otra historia bien distinta.

Montar una planta de semiconductores a la vanguardia tecnológica es una de las tareas más complejas y costosas de la industria moderna. Hablamos de inversiones de decenas de miles de millones, acceso asegurado a equipamiento litográfico de última generación, cadenas de suministro muy delicadas, talento ultraespecializado y, sobre todo, años de iteración hasta alcanzar rendimientos de fabricación aceptables.

El choque con la realidad: por qué una megafábrica de chips es tan difícil

En la práctica, levantar una foundry puntera no se resuelve con un par de anuncios y unas naves llenas de robots. Tesla necesitaría garantizar acceso a herramientas clave, como las máquinas de litografía ultravioleta extrema (EUV) que hoy son prácticamente monopolio de unos pocos proveedores y están muy repartidas entre clientes ya consolidados.

A eso se suman los requisitos de pureza, control ambiental y gestión de procesos que hacen que una planta de semiconductores sea un entorno radicalmente distinto a las gigafábricas de baterías o coches. La tasa de defectos en los primeros meses —o años— suele ser elevada, y solo las empresas con una enorme experiencia acumulada consiguen reducirla a niveles que permitan fabricar a costes competitivos en nodos avanzados.

Musk es consciente de estas dificultades, y por eso no ha planteado una ruptura total con el modelo actual. En sus declaraciones sigue mencionando a TSMC y Samsung como socios clave para la producción de los chips de Tesla, y deja abierta la puerta a trabajar con Intel como aliado estratégico si se decide a avanzar en la construcción de una planta propia.

Para Intel, un acuerdo con Tesla sería oro puro: le daría visibilidad, volumen de producción y una historia potente que contar alrededor de su nueva estrategia de foundry para terceros, apoyada además por incentivos y respaldo del gobierno estadounidense. Para Musk, apoyarse en infraestructuras ya existentes mientras define qué parte de la producción quiere internalizar sería una forma de reducir riesgos.

En ese escenario más realista, una hipotética “mega fab” de Tesla no sustituiría por completo a las grandes foundries, sino que se integraría en un esquema mixto. Los chips más críticos y estratégicos podrían fabricarse en casa, mientras que el resto seguirían encargándose a socios externos con años de experiencia y capacidad ya probada.

El riesgo evidente es que la planta se convierta en otro ejemplo de promesa que se queda corta: retrasos, sobrecostes o rendimientos por debajo de lo esperado podrían hacer que la megafábrica nunca alcance la competitividad anunciada. Aun así, si Musk consigue cuadrar financiación, socios, tecnología y plazos mínimos, Tesla ganaría un grado de independencia difícil de igualar por otros fabricantes de automóviles y robótica.

Lo que subyace tanto en Neuralink como en Tesla es la misma idea: no depender del calendario de nadie más para acceder al hardware y la infraestructura que sostienen su visión de la IA. Desde los implantes que leen la actividad cerebral hasta los chips que mueven coches y robots, el plan de Musk pasa por tener el máximo control posible sobre toda la cadena tecnológica que necesita para construir el futuro que lleva años prometiendo.