OpenAI acelera su apuesta por el hardware de IA y busca cuadrar las cuentas

Última actualización: enero 21, 2026
Autor: Isaac
  • OpenAI prepara la presentación de su primer dispositivo de inteligencia artificial para la segunda mitad de 2026, sin garantizar aún su venta ese mismo año.
  • El proyecto se basa en pequeños dispositivos sin pantalla, fruto de la adquisición de la empresa de Jony Ive, y podría contar con procesadores Exynos de Samsung.
  • La compañía combina esta apuesta por el hardware con una expansión masiva de infraestructura y nuevos modelos de negocio, incluida la introducción de anuncios en la versión gratuita de ChatGPT.
  • Las fuertes inversiones en centros de datos y chips podrían mantener a OpenAI en pérdidas varios años pese a sus elevados ingresos y al enorme crecimiento de usuarios.

Inteligencia artificial y dispositivos OpenAI

OpenAI encara la segunda mitad de la década con una doble presión: por un lado, la de dar el salto del software al hardware con su primer dispositivo de inteligencia artificial; por otro, la de sostener económicamente un servicio que se ha convertido en rutina diaria para cientos de millones de personas. Entre previsiones de pérdidas abultadas, negociaciones con socios tecnológicos y planes de nuevos ingresos, 2026 se dibuja como un año clave para comprobar hasta dónde puede llegar el modelo de negocio de la empresa detrás de ChatGPT.

La compañía, respaldada por Microsoft, ha dejado claro que quiere que la inteligencia artificial salga de la pantalla y se convierta en algo que acompañe al usuario de forma continua. Prototipos de objetos diminutos, referencias a la película Her y conversaciones públicas de sus directivos apuntan a un dispositivo sencillo, sin protagonismo visual, pero con una gran carga de cómputo en la nube. Todo ello en un contexto de costes disparados por la construcción de centros de datos y la compra de chips de última generación.

Un dispositivo de IA preparado para 2026

Durante el Foro Económico Mundial de Davos, el director de Asuntos Globales de OpenAI, Chris Lehane, explicó que la empresa está «en camino» de presentar su primer dispositivo en la segunda mitad de 2026. No llegó a comprometerse con una fecha de salida al mercado, pero sí habló de un calendario en el que la segunda parte del año aparece como el escenario más probable, siempre supeditado a cómo evolucione el proyecto.

Lehane insistió en que los «dispositivos» serán uno de los grandes focos de OpenAI en 2026, aunque evitó desvelar el formato exacto que tendrá el producto. Ni confirmó si será un pin, un auricular u otro tipo de accesorio, ni aclaró si tendrá cámara o no. La idea que se repite desde la cúpula de la empresa es la de un aparato que reduzca al mínimo la fricción física y se sienta menos invasivo que un smartphone.

La apuesta por el hardware llega después de la compra, en mayo, de la firma de diseño de Jony Ive —antiguo responsable de diseño de Apple y figura clave detrás del iPhone—, rebautizada y orientada a dispositivos con IA integrada. Desde entonces, tanto Ive como el CEO de OpenAI, Sam Altman, han ido dejando pistas sobre una hoja de ruta que apunta a mostrar resultados en 2026, con la promesa de enseñar su «trabajo» a lo largo del año.

En charlas internas y entrevistas, Altman ha descrito una posible «familia de dispositivos» que arrancaría con un aparato de bolsillo, sin pantalla, capaz de reconocer el entorno y de colocarse como un elemento más en el escritorio, casi como una extensión natural del ordenador y del teléfono. La aspiración es que el usuario se acostumbre a delegar en ese asistente tareas de largo recorrido, que filtre información y decida cuándo interrumpir y cuándo no, con un grado de conciencia contextual más fino que el de los dispositivos actuales.

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Prototipos, wearables y dudas sobre el formato final

Distintos informes apuntan a que OpenAI lleva meses trabajando en prototipos pequeños y sin pantalla, pensados para interactuar de forma oral o mediante gestos básicos. Filtraciones en redes sociales han mencionado hasta tres líneas de trabajo: un bolígrafo conectado, un dispositivo de audio para llevar encima y otros formatos portátiles. La premisa que repite Altman es que el resultado final debe ser algo «sorprendentemente simple» en su manejo.

Sin embargo, no todo encaja todavía. Tras una disputa por el uso de una marca registrada en Estados Unidos, el responsable de hardware de la empresa de Ive, Tang Tan, descartó que el producto comercial vaya a ser un dispositivo intraauricular o un wearable clásico. Ese comentario ha alimentado la idea de que el aparato final podría apostar por una presencia más sutil, sin encajar del todo en ninguna categoría actual de electrónica de consumo.

En cualquier caso, OpenAI no descarta que este primer equipo sea solo el punto de partida de una gama más amplia. Altman ha hablado de una familia completa en la que este primer modelo actuaría como pieza básica: un dispositivo de bolsillo, sin pantalla, que entiende lo que tiene alrededor y mantiene una conversación continua con el usuario, siempre apoyado en la nube.

El proyecto, según las referencias públicas de la empresa, se inspira en la idea de un modelo conversacional sin fricción física, muy parecido al que aparece en la película Her. La meta no sería sustituir de golpe al smartphone, pero sí reducir la dependencia visual y táctil de la pantalla en el día a día, con un asistente que «hace cosas por ti» durante largos periodos de tiempo sin exigir atención constante.

Samsung, Exynos y la carrera por el chip adecuado

En paralelo al diseño del dispositivo, OpenAI trabaja en asegurar el corazón del producto: el procesador. Informaciones procedentes de Corea del Sur indican que Samsung Electronics podría convertirse en socio clave del proyecto, aportando uno de sus chips Exynos fabricados en nodo de 2 nanómetros para alimentar el nuevo aparato.

Según esas fuentes, el dispositivo —conocido internamente con el nombre en clave «Sweetpea»— se plantearía como un equipo portátil capaz de operar de forma independiente, sin depender todo el rato de un teléfono. Esto exige un procesador con rendimiento de smartphone y, al mismo tiempo, un consumo ajustado para no penalizar la batería, algo en lo que Samsung lleva tiempo trabajando con sus plataformas móviles.

Los rumores hablan de que el chip podría derivar del Exynos 2600 orientado a móviles o de una evolución de la línea Exynos W, diseñada para relojes inteligentes y otros wearables. La opción concreta no está confirmada, pero la idea general es que el dispositivo cuente con una base de cómputo lo bastante potente como para gestionar conexiones constantes con la nube y cierta cantidad de inferencias de IA en local.

Esas mismas filtraciones mencionan una previsión de envíos muy ambiciosa, con cifras de entre 40 y 50 millones de unidades en su primer año completo en el mercado. Ni Samsung ni OpenAI han querido comentar esas estimaciones, que por ahora deben leerse como metas potenciales más que como compromisos firmes.

Mientras negocia con socios para el hardware de consumo, la compañía también ha lanzado solicitudes de propuestas a fabricantes de componentes con sede en Estados Unidos para otros frentes: silicio para centros de datos, sistemas de refrigeración, motores y materiales de embalaje. Todo ello forma parte de un plan más amplio para reforzar su infraestructura en la nube y, a medio plazo, abrirse a campos como la robótica y nuevos tipos de dispositivos conectados.

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Un hábito masivo con una factura descomunal

Más allá del hardware, la posición de OpenAI en el ecosistema digital ya es singular. En pocos años ha pasado de ser un laboratorio de investigación a gestionar un producto de uso semanal por parte de cientos de millones de personas. ChatGPT se ha convertido en una herramienta cotidiana en oficinas, centros educativos y hogares de todo el mundo, también en España y el resto de Europa, donde se utiliza para redactar textos, programar, estudiar idiomas o planificar tareas diarias.

Esa popularidad, sin embargo, tiene un precio. Cada conversación con el modelo requiere cómputo intensivo en centros de datos, y esa carga se traduce en consumo eléctrico, compra de chips avanzados, construcción de nuevas instalaciones y contratos de nube de gran escala. El salto de un prototipo de IA a una infraestructura global de servicio permanente implica un nivel de inversión que pocas empresas pueden asumir.

OpenAI ha logrado ingresar en torno a 20.000 millones de dólares en 2025, según las cifras que han trascendido, lo que supondría multiplicar por más de dos sus resultados del año anterior. Sin embargo, proyecciones financieras divulgadas en medios internacionales apuntan a que la compañía podría seguir encadenando pérdidas durante varios ejercicios, con estimaciones que hablan de unos 14.000 millones de dólares en números rojos solo en 2026.

La combinación de crecimiento explosivo en usuarios y costes de infraestructura en aumento obliga a la empresa a financiarse de manera casi continua. El problema no es tanto un día concreto en el que «se acabe el dinero», sino cuántos recursos adicionales serán necesarios para sostener la expansión antes de que el negocio entre en una fase claramente rentable.

En ese contexto, las inversiones necesarias para escalar la capacidad técnica toman cifras difíciles de asimilar. Altman ha llegado a apuntar a la necesidad, a lo largo de varios años, de inversiones en centros de datos y semiconductores cifradas en billones de dólares a escala global, un volumen que solo sería viable con la participación coordinada de grandes tecnológicas, fabricantes de chips y, previsiblemente, capital institucional a gran escala.

Cuello de botella en la infraestructura de IA

La situación de OpenAI no es aislada. Consultoras como Bain han alertado de un desajuste estructural entre la demanda de cómputo para IA y la capacidad real de los centros de datos disponibles. Si los proyectos de inteligencia artificial continúan creciendo al ritmo actual, el sector podría enfrentarse a una brecha de inversión de cientos de miles de millones de dólares para cubrir las necesidades de servidores, almacenamiento y redes de alto rendimiento.

Ese cuello de botella físico se nota especialmente en el acceso a chips de última generación, donde fabricantes como Nvidia o AMD marcan el paso. Para empresas que, como OpenAI, dependen de modelos de gran tamaño, cualquier restricción en la cadena de suministro de semiconductores se traduce de forma directa en límites a su capacidad de atender a más usuarios o de lanzar nuevos productos.

Europa observa esta carrera con especial interés, tanto desde la óptica empresarial como regulatoria. Por un lado, compañías y administraciones públicas europeas exploran cómo integrar servicios como ChatGPT en su operativa, desde la atención al cliente hasta el apoyo en la redacción de informes o la gestión documental. Por otro, Bruselas trabaja en adaptar el marco normativo —con la Ley de IA como referencia— para que estos servicios se desarrollen dentro de unos parámetros claros de seguridad, transparencia y protección de datos.

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La propia búsqueda de socios industriales por parte de OpenAI, ya sea con fabricantes de chips asiáticos o con proveedores de componentes estadounidenses y europeos, muestra que la carrera por la infraestructura es global. Ningún actor puede cubrir solo todo el espectro necesario, desde el diseño de modelos hasta la construcción de centros de datos y la distribución de dispositivos de consumo.

En paralelo, la empresa explora caminos para optimizar su uso de recursos: modelos más eficientes, sistemas de caché para evitar cálculos repetidos y combinación de redes grandes con otras más ligeras cuando la tarea no exige tanta potencia. Estos ajustes técnicos se han vuelto cruciales para contener el coste por interacción en un contexto de uso masivo.

Publicidad, suscripciones y el delicado equilibrio de la confianza

Ante esta presión financiera, OpenAI ha empezado a mover ficha en su modelo de negocio. Además de las suscripciones de pago orientadas a usuarios avanzados y empresas, la compañía ha confirmado la introducción de anuncios en la versión gratuita de ChatGPT y en el nivel «Go» en Estados Unidos, manteniendo, eso sí, los planes Plus, Pro, Business y Enterprise libres de publicidad.

La idea es que los anuncios se muestren como elementos diferenciados y no alteren las respuestas generadas por el modelo. Es una línea roja que la empresa insiste en subrayar, consciente de que, en un asistente conversacional, cualquier sospecha de influencia comercial podría erosionar la confianza de los usuarios. No es lo mismo ver un anuncio junto a una lista de enlaces que dentro de una conversación en la que se delegan decisiones.

La monetización de la IA generativa plantea así un equilibrio delicado entre ingresos y credibilidad. Si el modelo se percibe como sesgado por intereses comerciales, el valor percibido por el usuario disminuye. Por el contrario, si la compañía renuncia a vías de financiación directas, el coste de mantener el servicio a gran escala se hace difícil de sostener durante largos periodos.

Una de las claves estará en hasta qué punto OpenAI consigue reducir el coste técnico por respuesta a la vez que introduce nuevas vías de ingresos. Mejores chips, algoritmos más eficientes y una arquitectura de servicio optimizada pueden rebajar la presión sobre la infraestructura, pero cada mejora que abarata el uso tiende también a incentivar un mayor volumen de consultas, algo similar al efecto observado históricamente con otras tecnologías digitales.

Con Europa y España como mercados especialmente sensibles a la privacidad y a la regulación de la publicidad personalizada, la forma en que la empresa implemente estos anuncios —y cómo adapte su estrategia a las normativas europeas— será un factor determinante. La compatibilidad con el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) y con las normas específicas que se deriven de la nueva legislación sobre IA será decisiva para consolidar su presencia en el continente.

La combinación de todos estos elementos dibuja un panorama complejo para OpenAI: mientras diseña su primer gran salto al hardware de consumo, sostiene un servicio de uso masivo que aún no ha alcanzado la rentabilidad estructural y negocia con socios industriales y reguladores para asegurar su futuro. El año 2026 se presenta así como un punto de inflexión en el que se pondrá a prueba tanto la viabilidad económica del modelo como la capacidad de la empresa para convertir su visión de la IA en dispositivos reales que convivan con la rutina diaria de millones de personas en Europa y el resto del mundo.

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