- Un SSD NVMe Gen4 aporta sobre todo mejoras en velocidad secuencial para mover archivos grandes, más que cambios drásticos en el uso diario frente a Gen3.
- En gaming actual las diferencias entre Gen3, Gen4 y Gen5 suelen ser pequeñas; DirectStorage y RTX IO pueden cambiar esto, pero dependen del soporte de cada juego.
- Para trabajos de vídeo, 3D, datos e IA local, un Gen4/Gen5 rápido sí puede ahorrar mucho tiempo si la CPU, la placa y la refrigeración acompañan.
- Hoy los Gen4 tienen precios muy cercanos a los Gen3, por lo que suelen ser la mejor elección general, priorizando capacidad y buena disipación.

Si estás montando o renovando tu PC y has llegado al punto de elegir almacenamiento, es fácil que te explote un poco la cabeza con tanto SSD NVMe Gen3, Gen4, Gen5, cifras de 3.500, 7.000 MB/s y precios que bailan. Encima lees por ahí cosas de Microsoft DirectStorage, RTX IO o tecnologías similares y te preguntas: ¿de verdad necesito un SSD tan rápido o es puro humo de marketing?
La duda típica suele ser algo así: ¿cuándo se nota de verdad la velocidad de un SSD NVMe Gen4 o Gen5? ¿Es importante para jugar, para IA local, para edición 3D o vídeo? ¿Merece más la pena gastarse el dinero en el SSD, en la CPU o en la RAM? Vamos a desgranarlo con calma, porque hay muchos matices y no todo es tan espectacular como prometen las fichas técnicas.
Qué significa realmente que un SSD sea NVMe Gen4 (y en qué se diferencia de Gen3 y Gen5)
Cuando ves en un SSD que es PCIe 3.0, 4.0 o 5.0, lo que estás mirando en realidad es la generación de la interfaz PCI Express que usa el disco para hablar con la CPU y el chipset. Cada salto de generación (de Gen3 a Gen4, de Gen4 a Gen5) duplica de forma teórica el ancho de banda disponible por cada línea (lane) PCIe.
En la práctica, un SSD NVMe Gen4 conectado en modo x4 puede rondar los 5.000-7.000 MB/s en lecturas secuenciales, mientras que uno Gen3 típico se mueve por los 3.000-3.500 MB/s. Los modelos Gen5 suben todavía más, pero el problema no está tanto en llegar a 10.000 MB/s en un benchmark, sino en en qué tareas reales puedes aprovechar ese caudal.
Hay que entender que usar PCIe 4.0 o 5.0 no garantiza por sí solo que el SSD sea mágico. La generación solo marca el techo teórico de la autopista; luego entran en juego el controlador del SSD, el tipo de memoria NAND, el firmware, la temperatura, la CPU, la placa base y, sobre todo, tu tipo de uso. Puedes pagar por un Gen4 carísimo y que, en el día a día, te rinda casi igual que un Gen3 decente si tus tareas no saturan el ancho de banda.
Además, el conector M.2 que usamos para los NVMe está limitado normalmente a 4 líneas PCIe (x4). Con Gen3 eso supone un máximo teórico de unas 3,94 GB/s, mientras que con Gen4 subimos a unos 7,88 GB/s. Esa es la razón de que aparezcan en las cajas esos 7.000 MB/s tan golosos: el estándar permite exprimir casi el doble que en PCIe 3.0… al menos en lectura y escritura secuencial.
Rendimiento aleatorio y latencia: lo que de verdad manda en el uso diario
La mayoría de usos cotidianos del PC no consisten en copiar archivos enormes de 100 GB de una carpeta a otra, sino en leer y escribir montones de archivos muy pequeños, a saltos, todo el rato. Ahí es donde entran las famosas lecturas/escrituras aleatorias, especialmente en bloques de 4 KB (4K), que son clave para arrancar el sistema, abrir programas o mover el escritorio con soltura.
Cosas como iniciar Windows, abrir el navegador, iniciar tu suite ofimática o lanzar un reproductor de música dependen mucho más de esa latencia baja y de la velocidad en accesos pequeños que del récord de MB/s en lectura secuencial que ves en CrystalDiskMark. Por eso el salto que realmente se nota a simple vista es el de pasar de un HDD a un SSD; a partir de ahí, cada generación aporta mejoras mucho más discretas.
El paso de Gen3 a Gen4 y a Gen5 trae ciertos incrementos en IOPS aleatorias y en tiempos de respuesta, pero no es un salto de la noche al día. No vas a pasar de que Windows arranque en 20 segundos a que lo haga en 5 solo por cambiar un buen NVMe Gen3 por un Gen5 tope de gama. En muchos casos hablamos de unos pocos segundos de diferencia o de una sensación ligeramente más fluida, difícil de percibir si no vas con cronómetro.
Para quien usa el PC sobre todo para navegar, ofimática, videollamadas, gestiones administrativas o algo de creación de contenido ligera, la experiencia entre un buen SSD NVMe Gen3, un Gen4 medio y un Gen5 es increíblemente parecida. Lo que marca un antes y un después es tener SSD en lugar de disco duro mecánico; a partir de ahí, las ganancias se van volviendo marginales y dependen más del modelo concreto que de la generación PCIe.
¿Cuánto influye un NVMe Gen4 rápido en juegos?
En gaming se ha instalado la idea de que cuanto más rápido es el SSD, menos pantallas de carga. La realidad, por ahora, es bastante menos espectacular. En la mayoría de juegos actuales, el motor raramente llega a aprovechar todo el ancho de banda que ofrece un NVMe moderno, incluso uno Gen3 normalito.
Cuando un juego carga un nivel no se limita a leer uno o dos archivos gigantes en línea recta; lo que hace es ir leyendo montones de recursos pequeños: texturas, modelos 3D, shaders, scripts, datos de físicas, audio, etc. Muchos de esos datos vienen comprimidos y hay que descomprimirlos y prepararlos antes de mostrarlos en pantalla, lo que introduce cuellos de botella adicionales en CPU y GPU.
Tecnologías como Microsoft DirectStorage o el RTX IO de NVIDIA van precisamente en la dirección de que la GPU reciba directamente los datos desde el SSD, usando la VRAM como buffer y reduciendo la intervención de la CPU. En teoría, esto permite aprovechar mejor un SSD NVMe rápido, sobre todo Gen4, ya que la información se descomprime y gestiona de forma más eficiente en la tarjeta gráfica.
El matiz importante es que, a día de hoy, DirectStorage y RTX IO dependen del soporte específico en cada juego y del sistema operativo (DirectX 12 Ultimate, Windows 11 en la práctica). No es enchufar un SSD Gen4 y que mágicamente todos tus títulos carguen al instante: hace falta que el juego esté preparado para ese flujo de datos y que los desarrolladores hayan hecho los deberes.
En pruebas comparando SSD Gen3 y Gen4 en juegos modernos sin tirar aún demasiado de DirectStorage, las mejoras en tiempos de carga suelen moverse entre un 0 y un 15 % al pasar de Gen3 a Gen4, y el salto de Gen4 a Gen5 deja un margen típico del 0-5 %. Traducido: donde antes esperabas 10 segundos, ahora igual esperas 8 o 9. Muchas veces ni te enteras si no comparas lado a lado.
Por eso, para un equipo centrado en juegos, lo más sensato suele ser montar un buen NVMe Gen3 o Gen4 de gama media y dedicar el presupuesto fuerte a la GPU, la CPU y a tener suficiente RAM. El SSD influye, sí, pero no hasta el punto de justificar pagar mucho más solo por perseguir la cifra más alta de MB/s, salvo que tu objetivo sea estar preparado para futuros títulos muy dependientes de DirectStorage.
RTX IO, DirectStorage y el papel del SSD NVMe 4.0 en el futuro de los juegos
La mención a RTX IO genera muchas dudas, porque suena a revolución total. De forma simplificada, RTX IO es la implementación de NVIDIA de las ideas de DirectStorage: que la GPU pueda pedir datos comprimidos directamente al SSD, gestionarlos a través de un buffer y descomprimirlos en la propia tarjeta, sin que la CPU tenga que andar haciendo de intermediaria para todo.
En este esquema, el SSD se convierte en una especie de “disco duro extendido” de la GPU, reduciendo la carga de trabajo de la CPU y teóricamente mejorando tiempos de carga y streaming de assets en mundos abiertos. De ahí que se hable tanto de necesitar, como mínimo, un NVMe PCIe 4.0 para sacarle jugo al invento, aunque técnicamente también puede funcionar con Gen3, solo que más limitado en ancho de banda.
Ahora bien, incluso con RTX IO sobre la mesa, la capacidad bruta del SSD (500 GB, 2 TB, 4 TB…) no cambia el hecho de que un juego usa X gigas de datos para funcionar. La clave es la velocidad a la que se leen y procesan esos datos, no tanto cuántos caben en el disco. Un SSD de 500 GB Gen4 puede ir tan rápido para ese juego como uno de 4 TB Gen4; lo que cambia es cuánto puedes tener instalado a la vez sin ir borrando.
De cara a DirectStorage y RTX IO, lo más prudente es estar atento a reviews y análisis cuando salgan juegos que los aprovechen en serio. Si se confirma que hay mejoras grandes (no un 1 %, sino algo que se nota de verdad) y que muchos títulos se suman a la fiesta, entonces sí puede empezar a tener mucho sentido apostar por un NVMe Gen4 rápido como estándar mínimo.
Hasta que eso pase, el esquema razonable es: no volverse loco con un Gen5 carísimo solo “por si acaso”, optar por un Gen4 de calidad si el precio es asumible y, sobre todo, vigilar la GPU y la CPU, que siguen siendo las que marcan la experiencia en la mayoría de juegos de hoy.
Cuándo sí se aprovechan los 5.000-7.000 MB/s de un NVMe Gen4 (y más en Gen5)
Donde la velocidad secuencial extrema sí marca una diferencia clara es en flujos de trabajo que consisten en mover datos muy grandes, de forma continua. Aquí es donde un buen Gen4 (o Gen5) se luce y puede ahorrarte minutos cada día si trabajas con archivos pesados.
Ejemplos típicos: proyectos de edición de vídeo en 4K, 6K u 8K con códecs exigentes tipo ProRes, RAW o H.265/HEVC a alto bitrate. Abrir, mover, generar proxies y exportar clips gigantes implica leer y escribir muchos GB seguidos, así que pasar de 3.500 MB/s a 7.000 MB/s puede literalmente reducir a la mitad el tiempo de ciertas operaciones, siempre que CPU y software acompañen.
También se benefician mucho los proyectos enormes en motores como Unreal Engine, Unity o entornos 3D tipo Blender, donde trabajas con miles de assets pesados: texturas de alta resolución, modelos complejos, paquetes de contenido, etc. Cargar escenas grandes, compilar shaders o duplicar directorios de 50-100 GB es un escenario ideal para que un Gen4 rápido marque distancia respecto a un Gen3.
A esto se suman campos como el trabajo con datasets voluminosos, proyectos científicos, ingeniería, machine learning local con modelos grandes o cualquier entorno donde copiar carpetas de decenas de gigas sea el pan de cada día. Duplicar un directorio de 80 GB con un SSD que lee a 3.500 MB/s frente a otro que llega a 7.000 MB/s puede significar que la operación tarde casi la mitad, siempre que no se tope con límite de CPU o red.
En estos casos, para un creador de contenido, un estudio, un desarrollador de videojuegos o un profesional de IA, el tiempo de espera es dinero. Un NVMe Gen4 o Gen5 rápido deja de ser un capricho para convertirse en una herramienta de productividad. Ahí sí está justificado pagar más, siempre que el resto del equipo esté a la altura.
La CPU y la placa base: límite duro de la generación PCIe
Antes de lanzarte a por un SSD Gen4 o Gen5 conviene revisar qué soporta tu plataforma. El techo de generación PCIe no lo fija el SSD, sino la CPU y la placa base. Si tu procesador solo ofrece PCIe 3.0, ningún SSD del mundo funcionará por encima de Gen3 en ese equipo, por muy moderno que sea el modelo.
En el lado de AMD, Ryzen 3000 y superiores con chipsets B550 o X570 ya permiten PCIe 4.0, lo mismo que Threadripper 3000 y Epyc Rome y posteriores. En Intel, el soporte para SSD PCIe 4.0 llegó de forma general a partir de la 11ª generación en adelante, y tanto Intel de 12ª gen como plataformas AMD AM5 ya han abierto la puerta incluso a SSD PCIe 5.0.
Eso sí, no basta con que la CPU sea compatible: necesitas una placa base que implemente esa generación en las ranuras M.2 adecuadas. Hay muchas combinaciones posibles: placas que solo dan Gen4 en la ranura principal y dejan el resto en Gen3, chipsets que limitan el ancho de banda cuando llenas muchos puertos, etc. Leer el manual de la placa no es opcional: es la forma de saber qué ranura M.2 rinde al máximo.
Lo habitual es que la primera ranura M.2, la que suele recomendarse para instalar el sistema operativo, esté conectada directamente a la CPU y sea la que ofrece Gen4 x4 o Gen5 x4. El resto suelen colgar del chipset, con algo más de latencia y, en algunos casos, generaciones inferiores. Si metes un Gen5 en una ranura que solo admite Gen3 x4, funcionará como Gen3, y toda la pasta que has pagado de más se quedará en el cajón.
Por eso, antes de comprar, es muy recomendable hacer una pequeña checklist: mirar modelo exacto de CPU, comprobar en la web del fabricante qué PCIe soporta, revisar el manual de la placa para saber qué ofrece cada M.2 y, una vez montado el SSD, usar herramientas como CrystalDiskInfo para confirmar que el “Link speed” o “velocidad de enlace” marca PCIe 4.0 x4 o 5.0 x4 y no algo inferior.
Temperatura y consumo: el talón de Aquiles de los SSD más rápidos
A medida que subimos de generación PCIe, también sube la factura de consumo y calor generado por los SSD. Es relativamente fácil ver NVMe Gen3 moviéndose en 2-4 W, mientras que muchos Gen4 ya rondan los 6-8 W y no es raro encontrar Gen5 con picos de 10-14 W o más en carga intensiva.
Esa energía extra se traduce en temperatura. En un chasis con mala ventilación o con el SSD encerrado debajo de una GPU muy caliente, es bastante sencillo que la unidad toque o supere los 80 °C en tareas sostenidas. Cuando eso pasa, el controlador se protege bajando la velocidad (thermal throttling), y tu carísimo Gen5 puede acabar rindiendo a niveles parecidos a un Gen3 decente.
Para que un NVMe Gen4 o Gen5 rinda de forma estable durante mucho tiempo, hace falta un mínimo de cariño: un buen disipador sobre la ranura M.2 y un flujo de aire interno razonable. Muchas placas modernas traen su propio “escudo” o disipador para M.2, y algunos SSD incluyen uno específico de serie. También es crucial que el contacto entre el SSD, las almohadillas térmicas y el disipador sea correcto.
En algunas placas de gama alta incluso se ve refrigeración activa para M.2, con pequeños ventiladores dedicados. No hace falta llegar a ese extremo en la mayoría de equipos, pero si tienes una caja muy cerrada, sin apenas ventiladores, o una GPU que hornea literalmente la zona del SSD, un Gen4 o Gen5 tope de gama puede no ser la mejor inversión, porque no podrá mantener sus frecuencias de trabajo mucho tiempo.
Además, mantener el SSD a buena temperatura ayuda a preservar su vida útil. El calor excesivo acelera el desgaste de las celdas NAND y puede provocar errores y caídas de rendimiento tras muchos ciclos de escritura. Actualizar el firmware del SSD y vigilar temperaturas con software de monitorización también es una buena práctica si quieres que el disco aguante años en buen estado.
¿Merece realmente la pena un SSD PCIe 4.0 frente a uno PCIe 3.0?
Visto todo lo anterior, toca responder a la gran pregunta desde un punto de vista práctico: con los precios actuales, ¿compensa ir a por un Gen4, o un Gen3 sigue siendo más sensato? Hoy por hoy, los SSD NVMe PCIe 4.0 se han abaratado muchísimo respecto a sus inicios y la diferencia de precio frente a un Gen3 de gama media suele ser de unos pocos euros en capacidades de 1 TB.
En pruebas sintéticas, los Gen4 como un Corsair MP600 o un AORUS NVMe Gen4 muestran mejoras brutales en velocidad secuencial frente a opciones Gen3 como un Kingston A2000 o un ADATA SX8100: hablamos de saltar desde cifras en torno a 2.000-3.500 MB/s hasta 4.500-7.000 MB/s. En cambio, en accesos 4K y pruebas aleatorias, las diferencias son mucho más discretas y dependen más de cada modelo que de la versión PCIe.
En el terreno del gaming puro y duro, el impacto de pasar de PCIe 3.0 a 4.0 sigue siendo modesto en tiempos de carga, aunque ya van apareciendo títulos y tecnologías (DirectStorage) que empiezan a sacar algo más de provecho al ancho de banda extra. Aun así, incluso en estos casos, no esperes multiplicar por dos la velocidad de carga por el simple salto de generación.
En productividad, un SSD Gen4 tiene sentido sobre todo en tareas que ya se benefician de NVMe frente a SATA: edición de vídeo, compresión y descompresión de archivos enormes, gestión de grandes proyectos, etc. Si ya viste un salto claro al pasar de SATA a NVMe, es razonable esperar otra mejora, más pequeña, al pasar de Gen3 a Gen4, especialmente si estás constantemente moviendo decenas de GB.
La clave está en que usar PCIe 4.0 no convierte automáticamente a un SSD en “mejor” en todo. Hay modelos Gen4 económicos como el Kingston NV2 cuyo rendimiento real se parece más al de un buen Gen3 que al de los Gen4 más potentes, mientras que algunos Gen3 top se defienden muy bien. Conviene mirar siempre fichas técnicas y análisis concretos, no solo la etiqueta “Gen4”.
Uso gaming: ¿PCIe 4.0 sí o no?
Para un PC orientado a juegos, con algo de edición ligera y uso general, la historia es esta: no necesitas el SSD más rápido del mercado para disfrutar de una experiencia ágil. Un NVMe Gen3 decente o un Gen4 de gama media va a darte tiempos de carga muy similares a uno tope de gama en la gran mayoría de títulos actuales.
Donde sí tiene algo más de sentido apostar por un Gen4 es de cara a futuro, pensando en DirectStorage y tecnologías similares, y por la simple razón de que hoy la diferencia de precio entre Gen3 y Gen4 se ha reducido mucho. Si encuentras un Gen4 con buen rendimiento y buen precio, es una elección bastante redonda, aunque no vayas a exprimir todas sus cifras desde el primer día.
Lo que sí es importante en gaming es no quedarse corto de espacio. Cada vez es más normal ver juegos que ocupan 100 GB o más, así que priorizar 2 TB frente a 1 TB puede darte mucha más comodidad, aunque el SSD no sea el más rápido de la lista. Estar desinstalando e instalando juegos todo el rato es un engorro que notarás bastante más que el salto de 3.500 a 7.000 MB/s.
En resumen práctico para jugar: mejor un Gen4 o incluso Gen3 de 2 TB sólido y fiable que un Gen5 de 1 TB ultra caro, si tu presupuesto es limitado. Y si tienes dinero de sobra, sí, un Gen4 tope de gama con buena refrigeración es un buen capricho, pero seguirá rindiendo casi igual que uno medio en lo que a tiempos de carga se refiere.
Productividad, IA local y cargas 3D: cuándo un SSD rápido marca la diferencia
En trabajos profesionales o semiprofesionales la película cambia bastante. Si te dedicas a la edición de vídeo pesada, postproducción, VFX, 3D, videojuegos o IA local con modelos grandes, el tiempo de espera de tu SSD es tiempo que podrías estar facturando o avanzando proyectos.
En estos entornos es habitual trabajar con ficheros individuales de decenas o cientos de gigas, carpetas de assets enormes, múltiples librerías de texturas o modelos que se cargan de golpe, o datasets que hay que recorrer de principio a fin muchas veces. Aquí, un Gen4 o Gen5 rápido sí puede suponer diferencias de varios minutos en ciertos procesos.
Por ejemplo, extraer un archivo comprimido enorme, copiar un proyecto de Unreal repleto de assets, generar cachés de After Effects, renderizar escenas 3D con muchos materiales, o cargar modelos de LLM locales y sus embeddings son cosas donde el ancho de banda secuencial y las IOPS sostenidas importan de verdad. Si haces esto a diario, el SSD deja de ser “un detalle” y pasa a ser un cuello de botella crítico.
En este perfil, si tu CPU y tu placa soportan Gen4 o Gen5, y cuentas con una caja bien ventilada y disipadores adecuados, pagarte un NVMe de gama alta suele amortizarse en productividad. No lo notas en un benchmark por diversión, lo notas en que pasas menos rato mirando barras de progreso y más rato haciendo tu trabajo.
Precio, capacidad y disipador: detalles que no conviene ignorar
Cada nueva generación de SSD PCIe ha llegado siempre con el mismo patrón: rendimientos de escándalo y precios muy altos al principio, seguidos por una bajada gradual hasta que se vuelven “lo normal” del mercado. Pasó con el NVMe Gen3, luego con Gen4 y está pasando ahora con los Gen5.
Hoy en día puedes encontrar SSDs PCIe 4.0 de 1 TB por alrededor de 60 €, apenas 10-15 € más que un Gen3 de gama media-baja. En 2 TB la diferencia sigue existiendo, pero se ha estrechado bastante respecto a hace unos años. Esto hace que, para muchos usuarios, el Gen4 sea ya la recomendación general cuando el presupuesto lo permite.
A la hora de elegir modelo conviene valorar no solo la velocidad, sino también si incluye o no disipador. Los Gen4 más rápidos y casi todos los Gen5 agradecen mucho llevar un buen bloque de aluminio encima: ahí tienes ejemplos como muchos MP600 de Corsair, o SSD para PS5 que ya vienen con disipador oficial. Los más básicos suelen venir “pelados”, y tendrás que tirar del disipador integrado de la placa o comprar uno aparte si ves temperaturas elevadas.
En cuanto a capacidad, la regla es sencilla: cuanto más espacio, más caro. El salto de 1 a 2 TB suele ser bastante razonable hoy en día, pero dar el salto a 4 TB o más todavía dispara el precio, aunque hay honrosas excepciones en gama media. Para un PC de juegos y uso general, 1 TB empieza a quedarse algo justo; 2 TB es un punto dulce muy interesante; 4 TB ya es para quien sabe que va a llenarlos con juegos, contenidos o proyectos grandes.
Un buen ejemplo de SSD equilibrado es algo tipo Crucial P3 o P3 Plus en 2 o 4 TB, con velocidades en torno a los 3.500-5.000 MB/s. No es lo más rápido del mercado, pero para gaming y uso mixto ofrecen una relación capacidad/precio/rendimiento muy sólida. La mayor diferencia frente a un tope de gama no la vas a ver al abrir el navegador, sino al copiar carpetas gigantes o tratar con vídeo 8K.
Al final, elegir un NVMe Gen4 (o valorar Gen5) no va de perseguir el número más alto de MB/s, sino de alinear la generación PCIe de tu CPU, las ranuras M.2 de tu placa, la refrigeración de la caja y tu uso real. Para juego y tareas del día a día, un NVMe de gama media —aunque “solo” marque 3.500-5.000 MB/s— es más que suficiente; para flujos de trabajo brutales con archivos gigantes, entonces sí que un Gen4 o Gen5 de gama alta se convierte en una de las mejores inversiones que puedes hacer en tu PC.